Tres horas antes de que el único beatle que conoce este lado del mundo saliera al escenario, en el estadio Monumental quedaban pocos lugares disponibles. Un aforo que cualquier músico del planeta anhelaría reunir. No muchos lo consiguen, porque no todos los días aparece un artista transversal como este, Paul McCartney. Una marca planetaria que tiene mayor alcance que McDonalds, Coca-Cola y otros íconos pop del capitalismo. Bueno, no nos pongamos tan troskos, esto es música. Música y sentimiento, ya verán por qué.

Andrés Ciro Martínez es un tipo exitoso. Repasemos: abrió shows de los Stones; Pappo le dijo que su (ex) banda suena como Led Zeppelin; ese mismo grupo contó con la bendición de los Redonditos de Ricota, quienes los eligieron en el rubro “revelación” para una encuesta de fin de año (1991); alguna que otra vez zapó con Charly García; Calamaro lo invitó a su recital de regreso; cuenta con el visto bueno de Ricardo Mollo y Germán Daffunchio, acaso sus padrinos musicales más directos (y Roberto Pettinato lo pone en la última tapa de su revista de rock). Y como si fuera poco, su música es disfrutada por millones (sí, millones) de personas. Completó el álbum con un breve set acústico, antes de Paul. “Al atardecer” –con el último sol del día de testigo-, “Tan solo” y “Canción de cuna”, todas de Los Piojos, mechadas entre versiones de nuevas canciones, contenidas en Espejos, su debut solista.

Minutos antes de las 9 de la noche, un collage invadió -de manera vertical- las pantallas, mientras que los parlantes se esforzaban por hacer escuchar remezclas de clásicos beatles. Algunos apuraban las agujas con ansiedad, fantasías, especulaciones: “¿tocará este? ¿con cuál abrirá? ¿hablará algo?”. Con las luces apagadas, la exaltación se amplificó y se mantuvo hasta el final.

“Venus and Mars”, “Rock show” y “Jet” son casi anónimos de la etapa Wings de Paul. Con esos abrió y de movida puso sus condiciones. No importaba, la emoción contenida de verlo aquí y ahora apenas dejaba entender lo que sucedía, y si tocaba cualquier otra cosa hubiese sido lo mismo. Pero enseguida aflojó: “All my loving”, para ver cómo toda tu vida te pasa por delante de los ojos.

Este tipo de shows, tan gigantes, nunca se salen de libreto. Son casi un subgénero en sí mismo, el rock teatral. Se toca siempre lo mismo, se dice siempre más o menos lo mismo. La respuesta del público local, en cambio, puede cambiar el rumbo, haciendo que los baches entre tema y tema sean más prolongados que lo habitual. Eso pasó: McCartney estaba sinceramente sorprendido por cómo era vitoreado. Él sabe cómo suenan las joyas cuando son agitadas en señal de respeto. Y en River se escucharon bien alto. Imaginen cómo hubiese sido la reacción del británico si se ofrendaba a un público rockero. No se privó de saludar y agradecer, en español, todas las veces que quiso. Tampoco escatimó elogios ni calificativos, poniéndole a todos los presentes la etiqueta de “porteños”. No hubo ni una queja, aunque a Buenos Aires llegó gente de todas partes del país para verlo especialmente a él.

Con los temas elegidos repasó su historia musical y personal. Piensen en lo poco privada que es su vida. Tanto, que el estadio suspiró y aplaudió cuando Paul anunció que tocaría un tema (“My love”) que escribió para Linda, su difunta y más célebre esposa. Tampoco puede mantener en secreto quiénes son sus amigos y por qué los homenajea. Primero, a George Harrison (con “Something”) y luego al genial John Lennon, por triplicado: “Here today”, “A day in the life” y un fragmento de “Give peace a chance”, la proclama antibélica por excelencia. No hay filtros ni para su creatividad, velada cada vez que agarra el bajo, la guitarra o se sienta al piano. Y se suceden vicios: “Let me roll it”, “Band on the run” y las páginas más recientes escritas con su proyecto The Fireman.

Pero de qué privacidad hablamos, si a través de sus temas habla de todos los que estuvieron en River y de los millones que no pudieron pagar la entrada. La hora final tuvo las infaltables “Let it be” y “Hey Jude” (dos caras de la misma moneda), “Blackbird”, “Ob-la-di, ob-la-da”, “Day tripper”, “Lady Madonna”, “Get back”, “Helter skelter”, “Yesterday”.

Algún día, alguien tendrá que tomarse la enorme tarea de averiguar cuántas veces fueron cantadas esas canciones, cuántos destinos marcaron, cuántas vidas cambiaron. Que se haga un censo beatle para saber cuántos hijos, padres, nietos, abuelos, amigos, sobrinos, tíos y otras relaciones sanguíneas le deben varios buenos momentos a los Fab Four. Al menos anoche se saldaron algunas cuentas con el bajista, el inglés más sonriente del mundo.