Era todo luz, pasadas las 3 de la madrugada del sábado 5 de diciembre. Todos los músicos que se habían subido al escenario, se reunieron para un saludo final, enfundados en sus remeras de la campaña Conduciendo a conciencia, haciéndole fuck you a “la revista más importante de la cultura joven mundial” por haber distorsionado, según Spinetta, la foto de tapa de su último número, en donde el Flaco se recuesta sobre el hombro de Charly García y no se alcanza a ver su remera que dice “Todos fuimos, todos somos, todos podemos ser”. Pasó poco después de que se cumplieran más de cinco horas de música excesiva, ególatra, retrospectiva, grandilocuente, genial, maravillosa.

Aquello se había iniciado con un breve speech en que el protagonista excluyente de la noche se lamentó por la ausencia de algunos compañeros como Pedro Aznar, Litto Nebbia y León Gieco, y se disculpó por no poder versionar a Moris, Andrés Calamaro, Indio Solari y Hugo Fattoruso. Esa tamaña muestra de humildad –contradictoria con la empresa auto masturbatoria que estaba por comenzar- fue el preludio para “Mi elemento” y “Tu vuelo al fin”, dos temas de Un mañana. El resto se puede diseccionar en siete partes.

Mis canciones. En la primera hora y pico de show, Luis Alberto Spinetta se recreó a sí mismo, ocupándose de Jade (la notable “Alma de diamante”, “Maribel se durmió”, “Era de uranio” y “No te busques ya en el umbral”, entre otras) y su carrera solista en los entrados años ochenta (“Fina ropa blanca”, “La bengala perdida”). Hubo también un destello de magia con la hermosa “Ella también”, momento en que se produjo un silencio inédito para un concierto de magnitud de estadio. Unidos por la sensación de estafa, porque el sonido arrancó bajísimo y las dos pantallas –de mala definición- que transmitían el show estaban demasiado lejos de los sectores más populares, el campo, la popular y las plateas dejaron que el maestro hiciera música, junto a Leo Sujatovich en teclados. La atmósfera era inquebrantable, respetuosa, de otro mundo. No es raro que algunos se caguen en el resto de las personas (y viceversa; nos vivimos cagando en otros, en pos del beneficio personal), pero esta vez fue distinto. Y se coronó con una ovación.

Los homenajes. Tras la aparición de Fito Páez para “Asilo en tu corazón” y “Las cosas tienen movimiento”, hubo un cuarteto de canciones ajenas que homenajearon a pares del Flaco: “Mariposa de madera”, de Miguel Abuelo; “El rey lloró”, junto a Beto Satragni, escrita por Litto Nebbia; en compañía de Juanse, “Adónde está la libertad”, temazo que cierra el primer volumen de Pappo’s Blues, y con sus hijos Dante y Valentino, versionó en clave hip-hopera un oldie de Manal: “Necesito un amor”.

Gustavo Cerati, agradecido de estar ahí, hizo un tema propio (“Te para 3”) y el primero de los dos de “Artaud” que sonarían en la noche, “Bajan”. Ese fue el enganche para “Cementerio Club” (con Gustavo Spinetta en la batería, tal como en el disco deforme) y “Filosofía barata y zapatos de goma”, canción del álbum homónimo de Charly García. El rehabilitado hizo su aparición un tema después, y le puso voz y teclados a “Rezo por vos” para llevarse el mayor caudal de aplausos en toda la noche.

En este segmento, entonces, Spinetta saludó a maestros y discípulos, en sintonía con la humildad mencionada al principio. Luego, se fue a descansar.

Socios del Desierto. Después de un intervalo, hubo lugar para un mini reencuentro del trío rockero que fundó el Flaco a principios de los 90, con Javier Malosetti en batería, en lugar del fenecido Tuerto Wirtz. Tres temas (“San Cristóforo”, “Bosnia” y “Nasty people”) que iniciaron la segunda mitad del show y sacudieron la modorra antes que estallara el primer big bang, aquello que había prometido.

Invisible. “Durazno sangrando”, “Jugo de lúcuma”, “Lo que nos ocupa es esa abuela, la conciencia que regula el mundo”, “Niño condenado” y “Amor de primavera”, de Tanguito. Nada más para decir, salvo que esos tres tipos longevos sonaron como una orquesta de quinientos, gracias a la gran performance de la base MachiPomo.

Pescado Rabioso. Con apenas siete temas (“Poseído del alba”, “Hola, dulce viento”, “Serpiente (Viaja por la sal)”, “Credulidad”, “Despiértate nena”, “Me gusta ese tajo” y “Post-crucifixión”, con pogo incluído) revalidaron su lugar entre las mejores bandas de la historia de la música. Lo son porque tienen esas suites psicodélicas de altísimo vuelo y rocks urgentes para bajar a tierra, además del gran Black Amaya y el fino David Lebón, que canta y toca la viola como nadie.

Almendra. Sus temas, entre tangueados, bluseados y cósmicos, contradicen al “mañana es mejor”; son la prueba cabal de que en el pasado se hicieron cosas de enorme factura. Apenas pasadas las dos de la mañana, Spinetta presentó a Edelmiro Molinari, Emilio Del Guercio y Rodolfo García. Remató con un elocuente “Almendra” y largaron con una versión recortada de “Color humano”. Del Guercio se hizo cargo del micrófono para recordarnos que existe esa belleza de canción llamada “Fermín”. Y después de “A estos hombres tristes” y el melancólico “Hermano perro”, llegó lo que todos suponían que iba a pasar. Se juntaron los