OPINIÓN

Cemento, una parte de nuestras vidas

Por  | 

El miércoles 26 de abril se estrenó el documental que retrata el famoso local de Omar Chabán en las mismas instalaciones donde funcionaba: Estados Unidos 1234.

Fui a Cemento por primera vez hace algo más de veinte años, a un recital de Flema. En esa época, las salidas se arreglaban en la cuadra, en la escuela o por teléfono de línea. Esa noche había tardado en arreglar, así que a cada amigo que llamaba la madre me informaba: “se fue con los chicos a un recital”. Tenía dos opciones: quedarme en casa o que mis padres me lleven en auto. Opté por la segunda. Es el día de hoy que recuerdo la cara de espanto de ambos al llegar y encontrarse con el zoológico que generaba este tipo de recitales. Solo atinaron a decirme “cuidate mucho”. Bajé del auto y se fueron arando. Aún sigo agradeciéndome haber elegido la segunda opción, y sigo agradeciéndole a ellos (en silencio, obvio, el orgullo puede más) que no me hayan pegado un bife y me devuelvan a casa por haber querido ir ahí.

El sentimiento hacia Cemento, para todos nosotros, es similar. Ahora que no está, lo extrañamos a morir. Pero es imposible negar que cuando lo teníamos, nos generaba algo de odio. Cuando te enterabas que el show al que querías ir iba a ser ahí, ya sabías que esa noche iba a terminar tarde. Que el colectivo para volver a casa, en la mayoría de los casos, paraba lejos, en una zona no tan agradable, que iba a  tardar en llegar… El clima adentro iba a ser extermo, y lo mejor era pensar que no ibas a tener que ir a los baños. Pero también, eso no nos importaba, íbamos igual. En Cemento las cosas eran diferentes. Era raro quedarse afuera. En esa época, las entradas no se agotaban. No tenías necesidad de sacar anticipada con una preventa de una tarjeta VIP de un banco que te hace cortar clavos con el culo pensando que te vas a quedar sin tickets, salvo que caigas en las garras de los oportunistas en Mercado Libre. Ahí siempre había entradas. No necesitabas una maldita tarjeta. Alcanzaba un bollo de billetes y un puño lleno de monedas como un nene en el kiosko, acercarse a la boletería y tirar nuestra oferta.

El miércoles por la noche, trece años después de mi última noche en el mismo, parecía que el tiempo no había pasado. Los almacenes de la calle Salta seguían vendiendo birras, la fila daba la vuelta a la esquina y algunos vecinos miraban con un poco de terror como pensando “esta bestia volvió a despertar”. Aunque, a diferencia de mi primera vez ahí, ahora la gente mandaba mensajes de audio, indicando su posición en la fila, o recibía otro que le marcaba una demora de cinco minutos; cinco, como los pesos que salían las cervezas que ofrecía Omar a los alaridos, parado en la barra, cuando estaba llegando el final del show. Mi última noche ahí fue un domingo de fin de año, para ver un show de Superuva de escasa concurrencia. Pero ese será mi hermoso último recuerdo.

Volver a entrar fue raro, no lo voy a negar. Desde el momento que conseguí el ticket en el Village Recoleta hasta el momento que salí del subte en Independencia, pensaba en eso: cuál sería mi reacción. Iba a ser difícil.

Una vez adentro, ya no era lo mismo. La escalera que te llevaba a los baños más horribles que fuimos en nuestras vidas ya no estaba; ahora los baños son químicos. La barra donde se paraba Chabán ya no estaba; ahora hay una insípida pared blanca y sucia. Las gradas tampoco están, desde ya. Parecía mentira todo. Y tal vez tenga que ver con que Cemento hizo mentir a mucha gente. Unos cuantos le dijimos a nuestros padres que íbamos a otro lado. Sabemos que en muchos casos, el nombre del lugar llegó a ser palabra prohibida. Y hoy en día hay gente que miente, diciendo que estuvo varias veces ahí.

Las dos pistas ya no existen. Ahora hay un playón enorme lleno de sillas, una pantalla de cine y un clima frío. Eso seguía igual: si afuera hacía frío, adentro hacía mucho más. Lo mismo con el calor. A los costados de la pantalla, si mirabas para el fondo, se seguía viendo partes pintadas de color bordó, ese color característico que siempre tuvieron las paredes. Más al fondo, se veían ladrillos, los mismos que formaban la pared del escenario La gente se sienta, y espera el comienzo de la función. Algunos cantan el nombre de ese lugar que ya no es, pero para nosotros seguirá siendo.

Antes que comience todo, Edu Schmidt, parado en el piso a la altura de la gente, con su guitarra ejecuta “Cemento (rockeros eran los de antes)”. Todo lo que dice la letra es verdad. Puede gustarte o no la carrera del artista, pero en su época con Árbol, se subió mil veces a ese escenario. Se ganó su lugar para la canción, y unos cuantos aplausos, provenientes de manos cuidadas, manos con tatuajes y manos de todo tipo, que dieron su aprobación a la obra.

Se prende la pantalla, comienza la proyección. A medida que salen diferentes personalidades, la gente corea su apellido.

En algo más de una hora y media, el documental te lleva por diferentes sensaciones. Te hace sonreír, te hace vivir la misma sensación en el pecho que cuando esa chica que te gustaba te dijo que no, te pone la piel de gallina, y te da ese efecto en la tráquea que te dice “vos querés llorar”.  Ya entrados en el film, Katja Aleman comienza con los relatos. No creo que necesite explicar quién es. Si estuviste, lo sabés. Sino, googlealo. ¿Existía Google en la época de Cemento? No me acuerdo, debería buscarlo.

Aparecen Emir Omar Chabán y Raul Villareal, sale el Mosca, Ciro Pertusi, Daffunchio, Mollo, El Indio, Iorio, Walter Meza y hasta Loquero. Salen miles de personas que estuvieron ahí. Salen productores, periodistas, stage managers. Cemento era eso. Un grupo de locos arriba del escenario, y un montón de locos abajo. La locura no tiene porqué ser mala.

El final del documental nos sensibiliza a todos. Ese lugar que tantas cosas nos generó ya no existe más. Si bien el “esta noche vuelvo a Cemento” es un auto engaño la situación igual sigue generando cosas. Sabemos que no es lo que era, que solo queda la dirección y una construcción. Ese edificio que hoy día podría estar convertido en un centro cultural, ya no lo es.  Y aunque en ésta época, la del maldito snobismo de redes sociales, los superados, los vieja escuela, los que ya fueron, o los que no apoyan el proyecto, llenan las pantallas de letras a las que se las lleva el viento, a mí me hizo bien y mal estar ahí. Fui a Cemento en su momento, de algún modo volví, y volveré si sucede un milagro.

Cemento le dio un lugar al arte. Montones de los que fuimos ahí terminamos armando bandas, seguimos yendo a recitales, nos pusimos a escribir en medios y a hablar en radios. Cemento fue el lugar que nos dijo “vos podés”.  No solo eran recitales, también tuvo su espacio para el teatro, también fue boliche. Fue diversión. Fue una parte importante de nuestras vidas.

 

1 Comentario

  1. BOSI SMITH

    28 abril, 2017 en 13:27

    BUENISIMO EL ARTICULO
    CEMENTO ERA ESO, FUI POCAS VECES PERO LAS SUFICIENTES PARA DARME CUENTA DEL CAOS QUE ERA TODO ESO, PERO UN CAOS QUE INSPIRABA, HIPNOTIZABA Y POR ENDE NOS GUSTABA A TODOS Y MAS A LOS DEL INTERIOR COMO YO, QUE SOLO ESCUCHABA DE LAS LEYENDAS AHI VIVIDAS, UNA MAGIA Y UN MITO QUE NINGUN LOCAL ACTUAL TIENE NI TENDRA NUNCA.
    AGUANTE.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *