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Lollapalooza día 2: la perfección pop (y rock)

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En una fecha que tenía como principales atracciones el debut de The Weeknd y el cierre de los Strokes, Duran Duran se robó el festival con una performance memorable.

La segunda jornada comenzaría por demás calurosa, junto a Turf y Tegan and Sara en los escenarios principales. En cuanto a la organización, que viene con mejoras en cada edición, se incorporó la posibilidad de cargar dinero en la propia pulsera, sistema novedoso y práctico por demás, pero que sin embargo no pudo evitar las largas filas para comprar comida.

Con un sol radiante pegándoles de frente, Catfish and the bottlemen se presentaría en el escenario 2 promediando la tarde. Comenzaron con “Homesick”, intercalando estrofas de calma con un estribillo explosivo, acaso su mejor arma: estribillos gancheros y poderosos como también pueden observarse en “Soundcheck” y “Twice”, ambas de su segundo disco.

Quizás les haya faltado un momento de introspección; el set intentó ser siempre hacia arriba echando de menos alguna balada con la que amenizar (incluso les sobró tiempo para un tema más). En esa vorágine se evidenció algo de inexperiencia, nada que no pueda corregirse, sabiendo que cuenta con el bien más preciado: buenas canciones. La volátil “Tyrants” fue acá sí un acierto para el cierre en una explosión de distorsión.

Un rato más tarde, en el mismo escenario, Duran Duran entendió todo, empezando por salir al escenario como si fueran la banda principal (por trayectoria y calidad lo podrían haber hecho tranquilamente). Lograron condensar en un setlist reducido de una hora y cuarto, pero con el manejo de los climas y la potencia de dos horas (incluso con pequeños cambios de vestuario). Por último, un manejo escénico comandado por “Bon, Simon Le Bon” (como se presentó a sí mismo) que esperamos más de un artista haya tomado nota.

Llamaradas de fuego, confeti, pelotas gigantes de colores, apenas ingredientes, distracciones de una perfomance a base de hits indestructibles: “The Wild boys” constituye el inmejorable primer acto. De pantalón y campera blanca (¡y zapatillas verdes!) Simon Le Bon se pone seductor en “Hungry like the wolf”, y en todo momento parece tener al público en la palma de su mano. Por supuesto que detrás hay una banda que funciona de memoria y en donde el indestructible Nick Rhodes hace maravillas con teclados y sintetizadores.

Hay lugar para el funk bailable con el clásico “Notorious”, y “I don’t want your love”, pero también para la gema “Come undone” en donde se luce una de sus coristas. “Planet earth” se mezcla con “Space oddity” en un homenaje sin golpes bajos, dejando que hablen las canciones. “Ordinary world” es otra prueba de la calidez intacta de la voz de Simon, incluso en el falsete de la coda. Otro hit ochentoso cierra el tramo principal del show: “Girls on film”.

Para los bises aún tendrían alrededor de diez hits para elegir. Simon pide ayuda para cantar el siguiente tema, y hasta los que no habían nacido cuando salió se editó entonan el estribillo de “Save a prayer”. “Rio” es el final de un set perfecto, de una clase de pop magistral de principio a fin.

El line up está cada vez más orientado a un público adolescente y sub 25. Estos mismos artistas son los que están liderando los festivales alrededor del mundo. En este segmento se inscribe la inclusión tan esperada de The Weeknd. Revelación en 2015, y ratificación de su talento en 2016, comienza con “Starboy”, tema que da nombre al disco.

En vivo pudimos comprobar que su voz es de una atracción incomparable. Por momentos poco importan los beats que le sirven base, tampoco se muestra demasiado expresivo en sus movimientos corporales (tal vez demasiado aislado en el escenario, con respecto a su banda). Todo pasa a segundo plano, es su voz la que cautiva y seduce, y también la que hace bailar al público. “Sucesor de Michael Jackson” es una etiqueta que le quedaría grande a cualquiera, sin embargo The Weeknd es un artista para seguir de cerca.

En una jornada en la que predominó el pop el cierre con The Strokes era casi una necesidad guitarrera. Con una grabación en versión cumbia de “Reptilia” irrumpen en el escenario, demostrando que su sentido del humor es también una virtud. “The modern age” abrió la pared de guitarras que se cerraría sobre nosotros por algo más de una hora. Varias fueron las incursiones en esa joya debut que fue “Is this it?” allá por el comienzo del milenio, cuando el rock parecía perdido: “Soma” y “Someday”, entre otras.

Si bien Julian Casablancas es la voz y el carisma (derrocha buen humor, defiende a Mess, elogia la belleza de la chicas argentinas, y hasta bromea con los bises) , el sonido de The Strokes es mérito de Alberto Hammond Jr.; desde su Stratocaster blanca maneja a la banda, llegando a sonar tan fuerte como Metallica la noche anterior en “New York city cops” o “Last nite” para cerrar el primer segmento.

Por momentos llenándose de acordes machacantes, o con punteos sutiles y melodiosos (como en “Heart in a cage”), Hammond es un violero de un estilo brillante. Con “Hard to explain” amagan el primer cierre, para volver y tocar “You only live once”, esa joya pop con homenaje incluido a otra gema (el comienzo es un guiño a “I want to break free”, de Queen). Cuando la gente comienza a irse irrumpen nuevamente para volver a sacudirnos con “Take it or leave it”.

Aún siendo una banda de este milenio, el setlist de los Strokes contuvo un sabor nostálgico dulcísimo y un cierre perfecto en donde quizás mejor confluyeron las generaciones presentes.

Redacción ElAcople.com

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