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Héroes de leyenda del rock nacional

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En el tercer y último día de la 17 edición del Cosquín, el rock nacional festejó sus cincuenta años en el escenario temático por el que desfilaron los padres fundadores del género: dos ex Vox Dei, dos ex Manal, dos ex Serú Girán, Fito Páez y dos figuras femeninas como Fabiana Cantilo y Celeste Carballo.

Desde temprano, en el escenario temático se evocaron a los cimientos de nuestro rock nacional. Los primeros en pasar por allí fueron dos ex Manal, cada uno con banda propia: el bajista Alejandro Medina y el líder y baterista, Javier Martínez que brindó una poderosa versión de “Jugo de tomate frío”. Siguieron, también en forma separada, dos fundadores de Vox Dei: el vocalista y guitarrista Ricardo Soulé, y por otra parte, Willy Quiroga. Ambos repitieron la canción “Génesis”, a la que Willy sumó “Es una nube, no hay duda” y “Tan sólo un hombre”. En el medio y reivindicando el rol de la mujer en el rock nacional estuvieron Celeste Carballo que, visiblemente eufórica, cerró con “Es la vida que me alcanza”, y Fabiana Cantilo, quien además de hacer temas propios como “Ya fue” o “Una tregua”, versionó a distintos exponentes del género: de Los Rodríguez hizo “Dulce condena”, de los Redondos, “La bestia pop” junto a la blusera Claudia Puyó, con quien también compartió una de Fito que, a las dos, les quedó pintada: “Dos días en la vida”

El recital más concurrido de este escenario fue el de Fito Páez. La mejor forma que encontró de ponerse a tono con el leit motiv de esa celebración fue abrir con una lista noventosa como “El chico de la tapa”, “A las piedras de Belén” y “Gente sin swing” y la habilidad de no permitir que en ningún momento el show se pinchara. Es que fue una seguidilla de hits, uno tras otro, de esos que quedaron bien guardados en el corazón del cancionero popular: “Polaroid de la locura ordinaria”, “Ciudad de pobres corazones”, “A rodar mi vida” y “Mariposa tecnicolor”. El recital tuvo sus momentos mágicos que fueron aquellos donde a pesar de la masividad, se volvía íntimo. Así pasó cuando el músico, sentado al piano, hizo silencios para permitir que el público cantara, sobre el acompañamiento de sus teclas, estrofas enteras de “11 y 6” y “Al lado del camino”. O también cuando las luces de los teléfonos bañaron al predio e iluminaron a la multitud en “Brillante sobre el mic”. “Celebrar los 50 años del rock nacional no es poca cosa en la larga lista de invenciones de la música popular”, reflexionó Fito. Tras agradecer a los grandes ausentes como Spinetta y Cerati y nombrar a muchos otros cuyos recuerdos sobrevolaron la noche como El Indio Solari o Charly García, cerró emocionado con “Dale alegría a mi corazón” mientras se paseaba por todo el escenario y hacía movimientos de manos dirigiendo a esa orquesta fiel que siempre le responde bien.

Otras dos grandes leyendas y miembros de la gloriosa Serú Girán fueron los que tuvieron la tarea de mantener el nivel de emociones que había dejado el rosarino. Y se puede decir que lo consiguieron ampliamente. Si bien podría haberse esperado un cruce de cada uno en el recital del otro, no lo hubo. El recital de Pedro Aznar fue una interpelación a las fibras más íntimas y se paseó de la guitarra al teclado como sólo un genio de su talla puede hacer. “A primera vista” y “Ya no hay forma de pedir perdón” fueron de esa partida. Por su parte, David Lebón se encargó de rematarla con “Seminare” en una presentación donde al principio se lo notó suelto y disfrutando pero luego se lo vio molesto cuando comenzó a llegar el sonido de La Beriso, que parecía haber subido el volumen porque retumbaba en ese escenario temático distante a unas considerables cuadras del principal. Antes de iniciar con su guitarra otra del repertorio de Serú como “En la vereda del sol”, comenzó a moverse y en forma irónica dijo: “Ya fue, vamos todos a bailar allá y listo”. El público se río y lo acompañó hasta el final con “Sueltate rock and roll”.

Los Twist fueron los encargados de cerrar el escenario y hacer mover a todos los que eligieron, por sobre la convocatoria de la banda de Rolo Sartorio, moverse con un divertido Pipo Cipolatti y sus coristas. De pronto parecía que nos habíamos trasladado a una fiesta adolescente de fines de los noventa con temas como “El estudiante”, “Pensé que se trataba de cieguitos”, “Invasión”, “Ricardo Rubén” o “Jabones flotadores”. Baile y más baile para este show final.

El productor del evento, José Palazzo, concluyó en la conferencia de prensa que se quedó muy contento con la repuesta que esa apuesta tuvo en el público. “Para ser sincero, dudaba de la convocatoria de ese escenario. Pero la gente respondió y me puso muy feliz ver la cara de alegría de esos grandes músicos a causa de la devolución que tuvieron”, confesó.

Las bodas de oro del rock nacional estuvieron bien representadas y todos aquellos que quisieron disfrutar de algo distinto y que no suele formar parte de las grillas festivaleras lo pudieron hacer.

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