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Black Sabbath: De aquí a la eternidad

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La gira despedida de la legendaria banda inglesa pasó por Buenos Aires, el sábado en el estadio de Vélez  Sarsfield.

Desde que se inventó el heavy metal, siempre hay alguien tratando de ser más extremo, más brutal, más pesado, más rápido y de dar más miedo. Pero hay una razón por la que hoy hay 35.000 personas en Liniers: Black Sabbath no solo inventó todo eso, nadie logró superarlos.

Cuando el show comienza con el tema que da nombre al grupo, creado hace ya 46 años, Satán es invocado. Hubo bandas que quemaron iglesias, que asesinaron a sus compañeros, que ofrecieron sacrificios, que llevaron su música hasta los límites sonoros, y uno ya lo ve normal, pero cuando Tony Iommi arremete con su clásico riff, un escalofrío corre por la espalda.

En su gira despedida, Sabbath eligió a Sudamérica como última escala antes del adiós definitivo en Inglaterra, y no creo que sea casualidad. Después de casi 50 años de carrera, de altas y bajas, debe haber algo muy satisfactorio en tener a todo un estadio volviéndose loco al ritmo de “Faries wear boots”. A diferencia del show de La Plata hace algunos años, éste tiene un comienzo un tanto errático. Desde el primer momento el sonido está muy bajo, sobre todo el de la guitarra, y por alguna razón, Ozzy no encuentra su lugar. “After forever” es una de las canciones más esperadas, pero lamentablemente su ejecución no estuvo a la altura. El temor de un show con problemas estaba en el aire.

A partir de “Into the void” el concierto cambia completamente: el volumen sube, la guitarra toma protagonismo y Ozzy vuelve a su mejor forma. Y ahí es cuando Black Sabbath confirma que son los reyes indiscutidos de toda esta historia. Hay momentos de una musicalidad realmente increíble, tal es el caso de “Snowblind” y “Dirty woman”. Pero hablamos de momentos increíbles, de esos que uno debe pararse y aplaudir o hacer una reverencia.

Tomy Clufetos es el mejor reemplazo de Bill Ward que podría haber. Obviamente uno querría ver a los cuatro originales, pero dudo que el show pueda tener el mismo impacto con el baterista original tras los parches. Clufetos le da la energía que el grupo hoy requiere.

Tony Iommi es realmente increíble. A sus casi 70 años, después de haberle ganado a mutilaciones, adicciones y al cáncer, está en su mejor juego. No necesita tomarse un avión al último rincón del mundo y tocar “Iron man” por vez número 132.889.339. Los médicos le dicen que no lo haga. No necesita juntar plata para pagar las cuentas médicas. Lo hace porque es la única medicina que lo va a salvar realmente. Y aunque hayamos escuchado esas canciones hasta el hartazgo, hoy se sienten como la primera vez.

Geezer Butler debería ser infinitamente más reconocido. El bajista es una pared inamovible que utiliza su instrumento desde otra perspectiva. No solo sostiene la canción, sino que también les da musicalidad y las embellece. Todo al mismo tiempo.

Y finalmente Ozzy, ese cantante que debería haber muerto varias veces, que necesita más que nadie estar ahí arriba. No será el cantante más dotado, no tendrá los mejores recursos como frontman, y sin embargo nadie tiene su carisma. Camina por acá y por allá, grita “vamos todos” y “los amo”, y con eso solo tiene el estadio a sus pies. Es algo con lo que se nace y pocos tienen. Y hoy, como toda esta gira, tiene una buena noche. Exceptuando los problemas del principio, cuando Ozzy se enfoca en su tarea, se acopla perfectamente al poderío de los otros tres.

“Paranoid” cierra una noche perfecta. El nivel con el que se despide Black Sabbath es muy alto. A pesar de las limitaciones físicas de la edad y una vida de adicciones, pueden cerrar este capítulo de sus vidas con la cabeza bien alta. Vimos por última vez a los creadores de todo y no fue ninguna pieza de museo.

azafatodegira.com

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