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Deafheaven: La nueva religión

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La banda californiana brindó un show avallasante el sábado por la noche en Uniclub.

Al lado de Uniclub hay una iglesia evangélica. Parecería la cosa más opuesta a un show de una banda como Deafheaven pero, sin embargo, no hay tanta diferencia: adentro del boliche del Abasto hay un montón de creyentes. Creen que aún cuando el rock está muerto y ya está todo inventado, todavía existe una pequeña llama que nos puede emocionar y salvar. Y así como muchos, los Deafheaven son herejes; tomaron un género purista como el black metal, agarraron sonidos del post rock y el shoegaze, lo mezclaron y lo lanzaron al mundo para la devoción de unos cuantos y el espanto de muchos. Y dejaron la actitud y la vestimenta del género de lado. Si se quiere crear algo nuevo, se deben dejar todos los clichés de lado. Obviamente, las críticas y las alabanzas estuvieron a la orden del día.

Comenzando con “Brought to the water”, el show de la banda es casi conceptual: entregar el disco nuevo de forma completa y en orden. En épocas donde la nostalgia manda, la única forma de romper el molde es crear algo nuevo y llevarlo a los extremos: la música es extrema, el show es extremo y las actitudes de los músicos son extremas. El cantante George Clarke lleva su voz y su personalidad física a los extremos. Los músicos, encerrados en su burbuja sónica, llevan su sonido al extremo sin siquiera mirar al público. Los sentimientos son diversos y los presentes no saben muy bien cómo reaccionar; no saben si gritar, si saltar o si simplemente quedarse de pie y escuchar.

Con la siguiente composición llamada “Luna” la gente abandona su lugar estático y empieza a generar un poco de movimiento. Tal vez el volumen no es atronador como uno hubiese esperado, pero es lo suficientemente fuerte para impactar, y lo suficientemente claro para apreciar la sutileza de la música entre tanta cacofonía.

Por momentos Deafheaven parece una orquesta eléctrica, donde el cantante se para al frente del escenario y mueve sus manos como si fuera el director. Mientras tanto, el genio creativo de Kerry McCoy no ataca su guitarra, no rasguea a una hiper velocidad, no traspira sobre los trastes; lo suyo es el juego de pedales y efectos. Como un discípulo de Kevin Shields de My Bloody Valentine, él no necesita sobreexigirse para crear esa pared de sonido.

Mientras tanto, el público aumenta su participación a medida que pasa el show, tal vez porque la propuesta de la banda se entiende mejor en vivo. El punto cúlmine llega con “Sunbather”, donde Clarke se agacha y canta literalmente a milímetros de sus seguidores, todos con los ojos cerrados en trance, casi en exorcismo. Como si un huracán les pegara de frente, Deafheaven les hace sentir la música de forma física.

No es normal que grupos nuevos que están haciendo ruido en todo el mundo nos visiten en el punto álgido de su carrera. No es normal presenciar el crecimiento de un artista en vivo. No es normal que haya bandas nuevas que quieran sacudir la música con algo diferente y se banquen todo lo que eso conlleva. Deafheaven tiene muchos desafíos en contra y los seguirá teniendo. Pero, por una vez, pudimos ver que el mito era real en vivo y en directo, en vez de conformarnos y verlo por Youtube y leerlos en las revistas. Ya es momento de que existamos para lo que pasa ahora en la música.

azafatodegira.com

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