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Radiohead: universos para auriculares

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Contra la reinante cultura de lo efímero, Radiohead busca seguir haciendo música que trascienda. “A moon shaped pool” es su noveno gran disco.

Está demostrado que Radiohead no es un banda para cualquiera. Su música (tan llena de paisajes sonoros, de variantes, de riqueza lírica, de experimentación) puede disparar nuestras emociones hacia infinitos lugares. Los climas pueden llevar a la melancolía (aquí hay bastante de esto), pero si los únicos sentimientos son los de depresión entonces quizás el problema sea de quien escucha.

La apertura es con “Burn the witch” en donde el juego de cuerdas es tan punzante que casi se transforma en percusión. Es, a la vez, gancho hipnótico y, a medida que el tema avanza, pura opresión, casi al borde de la psicosis; “Abandon all reason, avoid all eye contact”: la letra se mete en la paranoia de la inmigración. Continúa con “Daydreaming”, una canción que es paisaje onírico, es Radiohead al límite de la percepción del arte. La línea de piano recuerda a la desgarradora “Videotape”. “Dreamers, they never learn”, el lamento de Yorke da el mensaje más pesimista, por más bellos que sean tus sueños, no vas a evitar estrellarte contra la dura realidad. La mirada de Paul Thomas Anderson acrecienta la obra desde el videoclip.

Radiohead es una banda que siempre miró hacia adelante, como pregonando su propio “mañana es mejor”; sin embargo acá decidieron darle una segunda oportunidad a temas que tal vez no habían encontrado su mejor y definitiva forma, y a los que, en el contexto de “A moon shaped pool”, les llegó su momento. Mutaron y formaron un todo nocturno y fantasmal, no solo coherente, sino casi perfecto.

“Glass eyes” es una gema tan desgarradora como bella; un narrador entre la alienación y el pánico recorriendo el camino inevitable de la decepción (“I don’t know where it leads”) y del abandono de uno mismo (“I don’t really care”). El piano suena distante, como envuelto en sus propias lágrimas. Es evidente que el fantasma de la separación de Thom Yorke (luego de 23 años) está presente en todo el álbum. Como un espectro sigiloso recorre la lírica de las canciones, por momentos pasa casi inadvertido, mientras que en otros se hace más visible.

Yorke alguna vez dijo que si escribía una canción de protesta sobre el cambio climático “sería una mierda”. Lejos de eso, “The numbers” es su alegato frente a este problema, con cierta mirada optimista: “People have this power”. La guitarra acústica lidera junto a la voz pero por detrás un piano deja caer gotas sonoras, como una llovizna detrás del groove que fluye por la línea de bajo. Promediando el tema la orquestación toma el comando para elevarla a otro plano.

Es evidente la mano de Jonny Greenwood en los arreglos de cuerdas, fruto de la experiencia al frente de varios soundtracks para films. El aporte genera un efecto muy visual en el disco; si nos animamos a cerrar los ojos y dejarnos llevar, el resultado es casi cinematográfico.

“True love waits” es la joya inédita. Con origen en los ’90, tuvo su edición en el EP en vivo “I might be wrong”, pero nunca hasta hoy había tenido su versión en estudio. La guitarra acústica es reemplazada por el piano sin perder emotividad, e incluso ganando en melancolía. Yorke canta al borde del quiebre, acá sí en el clima desolado y depresivo de la lírica: “I’m not living, I’m just killing time”.

Una faceta por demás fascinante y que no puede ser dejada de lado es la capacidad de la música de Radiohead de linkear a múltiples lugares y lecturas. Si indagamos un poco debajo de la piel de cada canción encontramos tantos niveles como curiosidad tenga nuestra imaginación. Referencias que disparan a nuevos universos, así como también la propia y personal identificación e interpretación. “A moon shaped pool” es un universo en sí mismo, y a la vez una puerta de acceso a otros. Bajo una pantomima de minimalismo, Radiohead crea un disco majestuoso.

Redacción ElAcople.com

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