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The Rolling Stones: La patria

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La espera terminó: a diez años de su última visita, los ingleses probaron su vigencia indestructible en el repleto Estadio Único de La Plata.

Tal vez deberíamos revisar nuestro ADN. Quizás, después de todo, no seamos tan distintos de nuestros enemigos mortales, los ingleses. Ellos, fríos y calculadores; nosotros, apasionados e impulsivos. Como cada némesis, iguales pero opuestos. Sin embargo, muy dentro nuestro, hemos vibrado musicalmente a la par de ellos. El rock nos iguala, depura las diferencias y hace que una banda como The Rolling Stones sea tan suya como nuestra.</p>
La espera de diez años termina cuando en las imponentes visuales nos hipnotizamos frente a un collage de iconografía Stone. El recorrido explota en el riff de Richards para dar inicio con “Start me up”. “If you start me up I’ll never stop”, entona Jagger a sus 72 años como un verdadero manifiesto: los Rolling Stones no tienen pensado parar.

La noche continúa con “It’s only rock and roll” y “Tumbling dice”, aquella gema mid-tempo. “Street fighting man” gana la votación para meterse en el setlist. Luego suenan, quizás, los únicos dos desaciertos: “Out of control” y “Anybody seen my baby”, ambas algo desfasadas y con algunos pifies (nada que no le perdonemos a Sus Majestades).

Llega el turno de “Paint it, black” y esa melodía tan deliciosamente perturbadora, como si el mismísimo Lucifer se las hubiese dictado. El público continúa coreando el riff una vez finalizado el tema, mientras Jagger arenga como un maestro de ceremonias; una postal que solo puede darse en estas tierras, donde la locura nos hace cantar hasta las guitarras.

La performance de Mick excede los límites de la naturaleza humana. Es cierto que ya no corre el largo escenario, pero no para de moverse: agita los brazos, se pavonea como el amo de la manada y su voz sigue a la altura de la leyenda (también sorprende su capacidad pulmonar para sumarse con la armónica). Y si Jagger es el rey, Keef es directamente nuestro Dios. La ovación que recibe el guitarrista no tiene precedentes. Entre asombrado y eternamente agradecido, Richards interpreta “Can’t be seen” y “Happy”.

Tocan “Midnight rambler” y acá poco importa la parafernalia del escenario: los Stones vuelven a su estado más primal, sin efectos especiales; solo ellos zapando, rockeando, como si estuvieran en un antro perdido tocando para cincuenta personas.

Pocas canciones retratan tan perfectamente una época. Vietnam explotaba en la cara del mundo capitalista mientras el sueño hippie se esfumaba en la tragedia de Altamont. “Gimme shelter” plasmaría esta encrucijada a la perfección. Jagger y la corista Sasha Allen se debaten en un duelo vocal escalofriante: “War, children, It’s just a show away”.

Otro riff indestructible (“Brown sugar”), la simpatía por el demonio y la redención en formato rock al palo de “Jumpin’ Jack Flash”. Gospel, plegaria y canción para los días de la vida, “You can’t always get what you want” es todo eso y más. Y finalmente acaso uno de los mejores riffs de la historia: “(I can’t get no) Satisfaction” es delirio puro, es alcanzar el climax de la pasión.

No es un acto de nostalgia, nada más lejos de eso. No es ir a ver a la banda que escuchábamos de chicos: es la banda de nuestras vidas, son las canciones que nos van a acompañar hasta el último de nuestros días. Es la lengua en la remera que seguimos usando.
La pasión alcanza tal punto que los ingleses son un símbolo de argentinidad. Venimos del tango, de Gardel y de Piazzolla, del rock con Charly y el Flaco, pero también venimos de ellos.

Sin el otro no hay patria posible. Sin los Rolling Stones, tampoco.

Redacción ElAcople.com

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