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Blur: siempre es hoy

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Muy lejana había quedado la visita de Blur en aquel fin de milenio que conduciría eventualmente al alejamiento de Coxon y luego también al fin de la banda. Si la visita de 2013 fue saldar una cuenta pendiente, quitarse una espina clavada, la de esta noche fue la posibilidad de ver a un grupo nuevamente en movimiento, presentando un disco que los muestra tan afilados como en su década ganada, pero a la vez apreciar su sonido evolucionado, reconvertido al siglo XXI.

Apagadas las luces del estadio, el riff de Go outcomienza a reptar por nuestra piel, metiéndose en nuestro sistema nervioso. La base que construyen James y Rowntree son los cimientos del sonido de Blur. El groove comanda el tema pero son los licks de distorsión, un ataque de noise rock de la guitarra de Coxon, los que hacen estallar intermitentemente este comienzo. Continúan con “There’s no other way”, y en este primer tramo se intercalarán los estrenos con los clásicos. Se suceden Lonesome Street (segundo corte de “The Magic Whip”), “Badhead”, un guiño a los más fanáticos, y la delicia pop “Ghost ship”.

Está claro que el Microestadio de Tecnópolis no fue diseñado para recitales, la acústica sin dudas es un problema a mejorar; sin embargo Blur se las arregló para sonar realmente bien, demostrando que la voz de Damon sigue siendo una caricia a nuestro oído.

Si bien su último trabajo muestra una evolución, en vivo no se animaron a explorar las composiciones más rupturistas de su sonido. Ejecutar el nuevo material entero sería excesivo pero sin dudas hubiese sido interesante descubrir cómo suenan en vivo “New world towers” o “Ice cream man”, por poner algunos ejemplos. Ese clima opresivo y alienante que se respira por momentos en “The Magic Whip” solo tuvo como exponente a “Thought I was a spaceman”.

Como es costumbre llegaría el momento más emotivo a cargo de “Tender”; una plegaria religiosa, un gospel, un coro único a cargo del público unido a través de “lo más grandioso que tenemos”: el amor. Es un tema que jamás dejará de ponernos la piel de gallina, de tocar esa fibra sensible que pocos logran alcanzar.

Instantes después Blur es capaz de lo contrario y nos sacude hasta la locura con “Song 2”. El tramo final reúne varias de sus mejores composiciones: “Girls & Boys” para la última vibración a quince centímetros del suelo, “For tomorrow” y ese estribillo a medida del público, y “The universal” (con pifie y risas incluido), otro himno atemporal para la épica del vivo.

Damon Albarn cuenta que su melancolía viene “de la desolación, la lobreguez de este país, una secuencia intercalada de ratos festivos de un cielo azul brillante”. A veinte días de su comienzo la primavera no ha dado señales de vida por acá, entonces quizás Londres no sea tan distinta de Buenos Aires, y quizás por eso estas canciones se conviertan también en nuestro cielo azul brillante.

Si Blur fue el amo y señor de la década del noventa, con “The Magic Whip” han roto ese anclaje. Si aquellos clásicos pueden seguir generando brillantes sensaciones en los que hoy andan por los treinta y pico, y a la vez reinventarse con un nuevo sonido, los británicos han conseguido trascender el tiempo y el espacio. Cuando suenan varias de estas canciones, el instante efímero de felicidad inalcanzable logra atraparse y tatuarse por siempre en el hoy.

Redacción ElAcople.com

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