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La tarde de El sensei en Parque Rivadavia

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El recuerdo de la composición de una de las canciones más grandes de Las Pastillas del Abuelo, a través de un testigo que andaba por ahí de pura casualidad.

Hará unos doce o trece años, más o menos, viví un año inolvidable: ese que transcurrió entre que terminé la secundaria y empecé a trabajar, mi último año sabático. La vida era levantarse tarde, jugar a la pelota, escuchar discos, ir a recitales, a jugar al pool, tratar de levantarme una mina, escuchar las canciones que hacían mis amigos que tenían bandas. La vida era vida, en fin.

Uno de estos amigos míos que tenía una banda tenía, además, otros amigos que soñaban con dedicarse a la música. Una tarde de verano, el ocio me llevó a encontrarme con él en Parque Rivadavia, a ver si se nos arrimaban algunas chicas a escucharlo guitarrear, cosa que por supuesto nunca sucedía.

Lo que sí ocurrió, en cambio, fue cruzarnos con unos de estos amigos de mi amigo, de esos que tenían nuestra edad, también la pasaban bien y también tenían una guitarra. Pero ellos, además, tenían un cuadernito Gloria y una birome Bic. Y cerveza, y bizcochitos de grasa de los Don Satur.

Recuerdo que, de inmediato, se armó la ronda y canción va, canción viene, el cuadernito y la birome cobraron sentido, porque el de pelo largo, el que cantaba, pidió que siguieran trabajando con una canción en particular. Y anotación va, anotación viene; acorde que sale, acorde que entra; artículo que se agrega, adjetivo que se tacha; coro que se suma, coro que se elimina; me di cuenta de qué trataba el tema y me empecé a reír mucho, y me dieron ganas de felicitarlos.

“Me encanta cómo queda ese Hernán ahí colgado, siempre”, dijo otro amigo de mi amigo, que se había sumado a la ronda. “Sí, es verdad”, le respondió Piti Fernández, contento de que otro apreciara la idea. Recuerdo que, más allá de la letra, él en sí me causaba mucha gracia, porque cantaba muy en serio, muy concentrado y muy bien toda la historia de Hernán con sus dedos suaves, de la boca que se le hace agua, de la rima de burro y churro, de Hernán que es puro fuego, de todo el grupo mirando a su referente, de la milanga y la mostaza.

Nunca hubiera creído, en ese entonces, todo lo que sucedería con esa canción y con esa ronda de pibes. Pero, ahora que recuerdo la pasión que le ponían a un tema que era, más bien, una humorada, pienso que estuvo bien que el tiempo fuera un buen amigo para ellos, que también lo fueron con su amigo Hernán, inmortalizándolo en una de sus mejores canciones. Por diversos méritos, ellos y él así lo merecían.

Redacción ElAcople.com

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