OPINIÓN

Cromañon, adolescencia y después

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Cuando condenaron a Callejeros me llovieron los mensajes de amigos y conocidos preguntándome qué pensaba.
-No tengo una respuesta acorde al sistema penal–, le dije a la mayoría.

Para ese entonces yo ya no sabía, casi como ahora. Los creía responsables, pero no los quería presos. Porque en general no quiero preso a casi nadie. Tantos años de tan cerca, además, me habían confundido. Soy de la generación que esa noche hizo llamados desesperados hasta las 5 de la madrugada; de la que marchó todos los jueves durante meses, todos los 30 durante años. De la que, después de eso, sostuvo a amigos empastillados, amigos con ataques de pánico, con miedos a la lluvia, a los lugares cerrados, a las fiestas. Soy de la generación que tiene dividida la adolescencia en dos: cuando, por jóvenes, nos creíamos inmortales, y cuando aprendimos de un hondazo que no lo éramos.

No tengo una postura que sintonice con el sistema, por mas idealista–adolescente que eso suene. Ese primer año –que recuerdo como un continuum de 365 días después de aquella noche– defendí a Callejeros a ultranza. Justifiqué sus participaticiones en Radio 10 y en el programa de Nelson Castro: traté de entender. Celebré la mano alcanzada por bandas como Las Pelotas, La Renga y Los Piojos, me asqueó el ninguneo de Divididos o Attaque 77, corrí un domingo a la mañana a comprar (a buscar por toda la capital) el disco de León Gieco que tenía la canción “Un minuto”, grabada junto a Patricio Fontanet, ni bien anunciaron que la sacaban de la edición. Me dolía que Eduardo Fabregat escribiese sus notas poniendo “Callejero$”, más tarde que la revista en la que yo escribía (El Acople) fuese igual de impiadosa con los músicos.

Con el tiempo yo también me enojé: empecé a sentir el exceso de victimización. Aunque lo empecé a sentir con culpa, superada por algo que de tan cerca ya no podía seguir analizando. El nombre “Casi Justicia Social”, que sonaba a provocación, también me alejó. Una suerte de desilusión y el dolor de ya no tener nada en claro. El paso a la adultez fue un poco eso: la conciencia sobre la muerte, la pérdida de ingenuidad, la aceptación de que a veces uno no lo sabe todo.

Hoy la confusión me sigue ganando, aunque que se revise la condena me pone contenta. El mal proceder de la Justicia en una detención inmediata poco habitual pone negro sobre blanco: había necesidad urgente de contentar a la opinión pública, de calmar a la fiera. Casi nadie de los que pedían la cárcel para Callejeros hablaban de los responsables políticos. Pero no tengo más argumentos que eso y perdería cualquier discusión: todos ustedes tendrían razón, intuyo. No en lo que a la ley respecta (era lo que correspondía según la Convención Americana sobre DDHH), sino en la posibilidad de que casación los libere finalmente.

Más allá de las dudas, hay algo que tengo en claro: la hipocresía de algunos da miedo. El señalamiento a la banda como si fueran criminales en serie, como si fueran, además, responsables fundacionales del funcionamiento de toda esa maquinaria de mierda que mató a 200 pibes en 2004 y tantos otros antes y después. Como si no hubiésemos estado todos ahí, como si no hubiésemos tenido todos amigos que en esos días tocaban en bolichones, en subsuelos, en ranchos que no tenían ni puerta de emergencia ni agua en los baños a veces. Como si la clandestinidad (esa del descuido, de la inconciencia) no la hubiésemos practicado todos en silencio, emulando la fiesta del “no me importa nada” todavía arrastrada del pizza con champagne de los 90. Era lo mismo: todavía eran los 90. Quizá recién después de Cromañón terminaron los 90.

3 Comments

  1. **

    2 enero, 2017 en 16:06

    Llego a esta nota, de casualidad, en los primeros días del 2017. La leí y, de verdad, por un momento creí haberla escrito yo. Sólo me quedé tranquila cuando ví alusiones a programas de tele y qué se yo, a los que obviamente jamás accedí.
    Soy de tu misma generación. Pasé por el mismo recorrido. Exactamente el mismo: de defenderlos a ultranza, a enojarme con la excesiva victimización. Aún hoy, casi pisando los treinta, no logro perdonar la bolsa de mierda que tiró durante años Fabregat (y con sólo mencionar su apellido ya se me estremece el cuerpo de algún sentimiento que se parece mucho al odio).

    No sé ni por qué dejo este comentario. Pero es que esto que acabo de leer se siente tan cercano que me cuesta creerlo.
    Más de diez años después, sigo igual de confundida que al principio. Creo que en algún momento dejé de intentar cumplir con el imperativo de “tener una opinión” sobre lo que pasó. Sólo hablo de las cosas de las que estoy segura (y, curiosamente, por lo menos en una coincidimos): por un lado, que fue infinitamente doloroso transitar el post cromagnon rodeada de tanta hipocresía; por el otro, que el sistema penal es incapaz de soportar tragedias como Cromagnon, no está preparado para traducir ese nivel de complejidad en algo dotado de sentido. Cualquier resultado hubiera sido igual de justo / injusto. Algo así.
    En fin, linda columna esta. Fue hermoso encontrarla.

  2. valeria

    9 noviembre, 2014 en 16:56

    Yo coincido con pablo, hay q recordar q tanto a anibal ibarra y omar chaban también se los persiguió, para dar una opinión hay q tener una postura clara. Callejeros se victimizó en exceso para sacar provecho a una tragedia, nadie dice q son los unicos culpables pero si están entre ellos. Recuerdo q en una nota q soy rock le hizo al pato, el tipo jamás mostro arrepentimiento en sus palabras, jamás pidió disculpas y hablo d bandas q después de cromagnón se creían”los reyes d la seguridad” pero jamás habló de lo errores propios q cometieron esa noche, ni asumió parte de la culpa, por el contrario le echó la culpa a todo el mundo y él se lavó las manos como si fuera una víctima de la persecución.

  3. Pablo

    8 agosto, 2014 en 12:51

    ¿Cómo que los que señalaban a Callejeros no señalaban a los responsables políticos?
    No escuché a nadie, pero NADIE culpar solamente a Callejeros.

    Y por otro lado, un montón de chicos y no tan chicos habrán tocado en lugares que claramente no estuvieron habilitados, pero ¿cuántos contrataron seguridad propia? ¿cuántos llevaron bengalas por su cuenta?
    Si se los señala casi como si fueran criminales en serie, sólo en algunos casos, es por la victimización que hicieron, por un lago, y por el rédito social y económico que aprovecharon para sacar.

    No creo que sean los máximos responsables. Pero no están tan lejos, al contrario.

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