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Skay Beilinson: la bestia rock

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El ex guitarrista de Patricio rey y sus redonditos de ricota presentó su nuevo álbum “La Luna Hueca” en un Vorterix repleto. Gambeteando la nostalgia, su guitarra disparó rocanroles de toda su etapa solista.

El rojo de su clásica Gibson SG resalta sobre su impecable vestimenta negra que incluye, además, sombrero a tono. Dos postales del disco “Talismán” abren la noche, “Lluvia sobre bagdad” y el riff imponente de “El gourmet del infierno” prometiéndonos “un poco de felicidad”, algo que efectivamente sucedería durante las siguientes dos horas. El comienzo continúa arrollador con la épica existencialista de “¿Dónde estás?”, a esta altura una canción al nivel de lo mejor de la discografía ricotera. Cuatro temas son suficientes para ir viendo el esplendor en el que la guitarra de Skay se luce; sus seis cuerdas constituyen una voz aparte, respaldada ajustadamente por Los Fakires.

Lejos de la demagogia, el Flaco apenas saluda, presenta algún tema, sobre todo los de su nuevo disco La luna hueca, pero son siempre las canciones y su guitarra las que hablan por él. De su reciente material suenan “El sueño del jinete”, “Ya lo sabes”, y hasta se animan al experimento oriental de “La fiesta del karma”.

Es sabido que Eduardo Beilinson se ha separado un poco más de Patricio Rey en cuanto al repertorio de sus shows; una decisión artística que esquiva la nostalgia y prefiere mirar hacia adelante. Sus incursiones en el espacio ricotero evitan los lugares comunes, por eso “Mariposa pontiac” interpretada solo con su acústica brilla por su originalidad.

La segunda parte del show se nos escurre como la transpiración en medio del pogo. Son apenas dos horas y 23 temas en total que nos dejan con ganas de más. Se destaca “La rueda de las vanidades” en una versión más oscura que la original de estudio, y “Falenas en celo” del nuevo álbum. Y si bien decíamos que los guiños a los Redondos son escasos, no dejan de ser significativos. Otra vez Skay elude el lugar común trayendo a “Criminal mambo” y un solo incendiario que se extiende por algunos minutos.

Skay no necesita del virtuosismo del violero que en punteos maratónicos hace gala de su destreza. En la Gibson SG del Flaco cada nota cae en el momento justo; cada vez que su dedo presiona con justeza una cuerda las vibraciones calan en nuestro sistema nervioso. Él mismo reconoce sus limitaciones al hablar de la velocidad de sus ataques a la guitarra, comparándose estilísticamente (creemos acertadamente) con David Gilmour. Ambos han logrado una cualidad propia, un lenguaje en el que no solo suenan los punteos: también resuenan los silencios.

El dejo grunge de “Aves migratorias” va marcando el final, no sin que antes vuelva a hacerse presente el espíritu de Patricio Rey. “El pibe de los astilleros” y ese riff que probablemente sea el mejor no solo de la prolífica cosecha Beilinson sino tal vez hasta el mejor del rock de acá. Cuando todo el público pide “Ji ji ji”, Skay cierra la noche con un himno propio, acaso el tema más ricotero de su etapa solista, pero propio al fin. “Oda a la sin nombre” y otro gran riff que se pierde entre un público que no para de corearlo.

“La dimensión más pequeña tiene otra gloria que en los lugares grandes no sucede”,  sentenciaba Skay en una entrevista reciente. Discusiones de convocatoria aparte, el Vorterix parece ser un lugar ideal. Acá no hay misa, no hay pogo más grande del universo, no hay mejor público del mundo. Sólo hay algunos privilegiados que pueden ver y escuchar de manera impecable a un artista, a un músico invaluable. El halo de Skay es tan brillante que algunos de nosotros ya no pedimos que se vuelvan a juntar.

*Foto por Fernando Fernández

 

Redacción ElAcople.com

1 Comentario

  1. Yamila

    19 noviembre, 2013 en 17:06

    Yo tampoco. Yo ya no pido que se vuelvan a juntar. Lo que está haciendo el Flaco es impecable.

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