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El regreso del delgado duque negro

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Peter Murphy volvió a Buenos Aires celebrando los 35 años de Bauhaus, su mítica banda, el martes por la noche en el teatro Vorterix.

Hace un frío atroz en la ciudad; los astros deben saber que Peter Murphy está entre nosotros. Si existe algo llamado rock gótico, definitivamente lo inventó Bauhaus (tal vez junto con The Birthday Party). Es por eso que el teatro Vorterix está lleno de almas que entienden la verdadera importancia de la banda que nunca tuvo la masividad de The Cure ni el status cool de Joy Division. Bauhaus es el último bastión secreto de las hordas góticas, tal vez por eso la banda soporte es la adecuada (Flood of Tears) y la gente responde acercándose temprano para presenciar su intenso set.

Pasadas las 21:20 se abre el telón y con una tenue luz empieza el show de manera apacible con “King Volcano”“Kingdom come”. Toda esa calma se esfuma cuando Murphy agarra el micrófono para descargar y arremeter contra el lugar y la organización (vaya uno a saber por qué). La casi palpable tensión del teatro es sonorizada con la oscura “Double Dare”. El bajo y la batería juegan a las escondidas, mientras el chirrido de guitarra resuena por todos lados y el cantante, una especie de Neil Diamond de los bajos mundos, grita como si estuviera despotricando contra todos. A esos hay que sumarle “In the flat field”, la maldad hecha canción. Si los malos tratos generan una performance semejante, hay que darle pelea más seguido.

Sí, son tiempos de nostalgia, pero por alguna razón el show no padece de eso, porque la música todavía resulta muy actual, muy contemporánea. No porque haya un movimiento que siga las enseñanzas de Murphy y compañía, sino porque la música es tan personal que ha envejecido mejor que la de sus compañeros. A eso hay que sumarle el acompañamiento de una banda que entiende su oficio, que puede pasar de transformar el lugar en una pista de baile (“Kick in the eye”) a ser una banda casi experimental (“Bela Lugosi’s dead”), o ser la furia misma (“Dark Entries”) con especial énfasis en el bajista Emilio China, pasando del bajo fretless al violín de la manera más natural posible.

¿Y qué decir del protagonista de la noche? ¿Qué está mejor que en 1983, 1998, 2005? Peter Murphy logra superarse día a día, con su blanca palidez, su herencia vampírica y una voz privilegiada. El hijo no reconocido entre Bowie e Iggy Pop. Un hombre hecho para la foto, que juega con las poses y las luces todo el show. Tal vez el momento donde esto se ve reflejado es en una enorme “The Passion of lovers”, menos furiosa que la original, tal vez más emotiva. El show tiene mucho de emotivo, seguramente porque para la mayoría esto es lo más cercano a ver a esa banda que los acompañó durante tanto tiempo. Incluso hay tiempo para su carrera solista con “Strange Kind of love”, que llega no se sabe a colación de qué, y de todas maneras semejante canción es recibida como se merece.

Si bien el malestar del cantante durante la noche es visible, su profesionalismo y su caballerosidad inglesa no dejan que esto afecte el show. Bien podría hacer un concierto de compromiso, pero en cambio deja interpretaciones memorables como en “God in an alcove”. Lo suyo es el teatro; aunque a él no le haya gustado, el lugar es el ideal y él es un imán para los ojos. Es una figura que genera misterio y admiración.

El final es con “She’s in parties”, una especie de reggae de ultratumba y el enganche con “Telegram Sam” y “Ziggy Stardust”, con el duque negro cantando sobre la gente.

Peter Murphy brindó unos de los shows del año, y en su tercera visita ha demostrado una vez más que cada show suyo es realmente impecable.

*Fotos por Guillermo Coluccio

azafatodegira.com

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