DISCOS

El juglar deslumbrante

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Entre guitarras acústicas y letras reflexivas, Kurt Vile entrega “Wakin on a pretty daze”, su mejor álbum a la fecha.

Apenas catorce años tenía Kurt Vile cuando comenzó a grabarse, y sólo tres años después “editara” cassettes con su propio material. Tras un breve paso por The War on Drugs se alejó para no demorar su carrera solista, lo que a la vista de los resultados parece haber sido la decisión correcta. En artistas como Vile es que el término “compositor” (songwriter) adquiere su significado completo.

Tuvimos la oportunidad de verlo justo cuando la joya de su talento estaba saliendo al descubierto. Hace poco más de un año teloneaba a Thurston Moore en Niceto, presentando su anterior y no menos brillante disco, “Smoke ring for my halo”; estilo que no desentonaba para nada con el álbum introspectivo que vino a mostrar el ex Sonic Youth, “Demolished thoughts”.

“Wakin on a pretty day” abre el álbum y con su lírica parece marcar parte de las sensaciones que nos dejan muchas veces los recorridos de los protagonistas de sus canciones. “Caminando en un lindo día” pero “estoy yendo a ninguna parte”. Las guitarras son colchones de cuerdas en donde descansar de la incertidumbre. En esa desolación estimulante nos sumergimos en el universo de los discos de Vile.

Encontramos puntos de cruce con la discografía solista de John Frusciante. Con menos experimentación que el ex Chili Pepper pero con la misma capacidad de la lírica reflexiva (por momentos melancólica) y agridulces melodías con una voz que expresa en la inexpresividad de su tono.

Predominan los temas largos (siete canciones superan los cinco minutos) pero en ningún caso cae en la monotonía. La música de Kurt Vile tiene el confort de un hogar encendido en pleno invierno. Nos anima a acercarnos, a reconfortarnos junto al fuego de sus canciones; no porque sus letras traigan soluciones a los problemas, sino porque nos vemos reflejados y compartimos muchas veces la indecisión e inseguridad de sus personajes.

“Pure pain” son dos temas en uno: una cara de la canción con un riff de acústica y la voz jugando con la melodía, donde cada verso engancha justo, magníficamente apretado en el rasguido de guitarra; y un lado B arpegiado, que se adentra aún más en la nostalgia de la canción. También se destacan la afligida “Girl called Alex”, y el corte “Never run away”.

El solo de “Shame chamber” o la melodía de “Snowflakes are dancing” son otros momentos de gran conexión con un álbum (y un artista) que se convierten en inmejorables compañeros de la soledad, que se disfrutan más de esa forma, y que nos reconcilian con ese estado de aislamiento en el cual un disco resulta ser nuestro mejor amigo.

Redacción ElAcople.com

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