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Desde el mismo infierno

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Down volvió al Teatro Flores el pasado jueves para aniquilar todo y para demostrar cómo se hacen las cosas. Crónica y fotos.

Lo que alguna vez fue un proyecto, hoy es una banda consolidada. Lo que alguna vez fue la utopía de poder verlos por estas tierras, hoy se consolida por segunda vez. Down es una banda seria, una de verdad, que no es el nombre detrás de un solo hombre. No solo está Phil Anselmo (¿es necesario decir quién es?) sino que hay un dream team del mejor y más retorcido metal de los 90: Eyehategod, Corrosion of Conformity y Crowbar. Sabiendo esto y siendo fan de esto, no puedo dejar de mirar a Anselmo por un minuto y a todos nos pasa lo mismo. Pero vamos por el comienzo.

Nueve en punto se abre el telon y Jimmy Bowe forma una cruz con sus palillos. De entrada la banda arranca con “Hail the leaf”, una canción de amor a la máxima inspiración de la banda. A eso se le pega “Lifer” con dedicatoria al fallecido Dimebag Darrel y ya toda la gente está metida en el show. La música de Down es lenta, pesada, retorcida y mugrosa y así le gusta a la gente. Nada de estribillos de tribuna y muchos riffs trabados, y aún así los presentes se las arreglan para corear lo que sea.

Hay nuevo disco, o algo parecido, y era necesario. Por eso canciones como “Open Coffins” o “Witchripper” son festejadas como clásicos. “Ahora estas canciones son nuevas, pero algún día estarán pidiendo que las toquemos”, cuenta antes de tocar “Misfortune Teller”, que en realidad nunca llega a interpretarse ya que la gente empieza a vitorear el nombre de la banda y a entonar diferentes cánticos, que hacen que el grupo responda con una versión improvisada de “Walk” de Pantera. Y así nos olvidamos de la canción nueva.

Podrían tocar lo mismo todas las noches, peor aún así hay algo de espontáneo en un show de Down. Como decíamos, uno no puede dejar de ver a Anselmo porque puede salir con cualquier cosa en cualquier momento. Ya habiendo dejado de lado drogas y alcohol, solo se dedica a ser el mejor frontman posible y la música más pesada que le pueda salir de adentro. Es un tipo toscamente adorable que llena el lugar solo con su presencia. Lo más osados usan el mosh para poder llegar hasta su ídolo y aunque sea tocarle la mano, cosa que el cantante hace en cada oportunidad. Pero la mayor diferencia con cualquier estilo es que Phil es su mayor fanático; es el que más agita, es el que más siente la música y es el que más se ceba cuando el público está encendido.

No hay nada de sutilezas en el repertorio de Down; es doom/sludge con mucho groove y actitud. Incluso entre los músicos parece haber una competencia a ver quién le pone más energía al asunto. Kirk Windstein es más bien el arquitecto y se encarga de los solos, Pepper Keenan es el maestro de los riffs mientras revolea su guitarra y cabellera. Lo mismo hace Jimmy Bower, donde en momentos como “Stone the crow” uno no concibe lo duro que le da a su batería, todo esto mientras exhibe su incipiente panza de cerveza. Patrick Bruders es el más anónimo pero su dedicación a la banda es la misma que la del resto.

“Bury me in smoke” encuentra a los músicos en el punto máximo de excitación, cerrando desprolijamente -como acostumbran- intercambiando instrumentos con los músicos de las bandas soportes (D-Mente y Mastifal en esta ocasión) donde los americanos van guiando a los locales cual directores de orquesta, mientras revolean palillos, púas y cervezas.

Hora y cuarenta de un show que no te suelta en ningún momento. Es tal el magnetismo del grupo que es imposible no sumergirse como lo hacen ellos. Down es cosa seria en vivo. Tal vez sea cierto que desde su debut no sacan un disco realmente redondo, pero eso también tiene que ver con el estado de proyecto que tenía el grupo. Hoy Down es una banda hecha y derecha, y tiene una nueva vida.

*Fotos por Cristian Seligmann

azafatodegira.com

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