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No rendimos exámenes

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Me tomo el 37 con dirección al sur. Termina en Lanús, ciudad que vio nacer a Babasonicos. Lanús es el lugar más improbable para que una banda como ellos aparezca, o tal vez la más lógica. Una especie de Birmingham del tercer mundo; vas por la avenida Yrigoyen y solo observas fábricas abandonadas y boliches que duran una semana o dos antes de cambiar de nombre y dueño. Te acercas al centro y entre los miles de negocios y miles de personas que te chocan al pasar, el único lugar glamoroso es el bingo que está al lado de la estación y que tiene cola hasta a las 3 de la tarde de señoras que se gastan el vuelto del supermercado en alguna maquinita. Incluso la legendaria discoteca La Casona ya no existe más. Sí, aquella a la que llevaron a Prince en su visita a la Argentina.

Veo emerger a Dárgelos y a toda la banda cuando se abre el telón del teatro Vorterix y pienso “lo lograron”. Adrián logró conquistar a la gente que siempre le dijo que no iba a pertenecer. Hijo de un diariero, no podía ser poeta. Palabras suyas. Cuando en el barrio ya te gritan cosas despectivas cuando vestís algo mínimamente llamativo, ¿quién osa hoy decirle algo cuando sale vestido con un atuendo que es mezcla de monaguillo y emperador romano?

La banda ha quedado conformada como un septeto definitivamente, con Tuta Torres en el bajo y Carca en las percusiones, guitarras y theremin. Con el tiempo Mariano Roger y Uma Rodríguez fueron cambiando su acercamiento a la guitarra. Sus intervenciones son más sutiles; Mariano aportando detalles en vez de riffs y Uma jugando más con la percusión e incluso con las voces. El grupo siempre le ha dado importancia a la puesta visual. Esta vez optan por unos mantos de tela y pantallas atrás y en el techo.

Desde el comienzo el show íntimo evocaría espíritus de épocas donde esto era moneda corriente. “Calmado, matamos al venado”, “Ciegos por el diezmo”, “El shopping”, “Once”, “Su ciervo”. Por momentos estoy viendo al Babasonicos heavy metal. El que asustaba, el que tenía maldad, el que había abrazado la influencia de Black Sabbath antes que estuviera de moda. Pero la banda es tan cambiante como su público. Delante de todo están los incondicionales. De “Pasto” a “A Propósito” no hay canción que no sepan. En el medio están las chicas lindas: conocen las canciones de “Jessico” e “Infame” pero gritan las de “Anoche” al presente. Atrás están los veteranos que generalmente acompañan a sus parejas y esbozan una sonrisa cada vez que una canción de la época en que los seguía consigue meterse en la lista.

Y al que de afuera los critica por parecer una banda fría, en realidad Babasonicos disfruta mucho del vivo. Y disfrutan mucho de la irreverencia. Son descarados. “Chicas ricas no se asusten / esto es solo una fiesta popular / Orgías de plástico / Chusma de la capital” canta Adrián en “Fiesta Popular”. Y las chicas que se molestan porque vuela cerveza y van de tacos a un show de rock se lo quieren llevar a la cama. La misma provocación les cabe a los fans viejos al cantar “Putita”, “Yegua” o “Risa”; esas canciones donde las lindas de la mitad del recinto se suben a los hombros y cantan y les gusta sentirse identificadas, aunque en realidad no sea tan así. Y los de atrás insultando porque no pueden ver y no suena “Demonomanía”. Lo cierto es que Babasonicos hace un click cuando dejan su burbuja y dejan de cantar acerca de drogas, demonios y satanismo para cantarles boleros versión siglo 21 a las chicas. El mosh se cambió por los gritos de señoritas en llamas.

En general el público está muy dividido durante todo el show, pero hay partes donde todo es comunión. Canciones como “Pendejo” o “Sin mi diablo” hacen temblar el lugar. Muestran la mejor cara de la banda: la parte desfachatada y descarada que no le habla a nadie en particular. Una chica tal vez no se identifique con “Montañas de Agua”, un chico tal vez no se identifica con “El colmo”, pero hay comunión en las nombradas anteriormente.

Adrián, un tipo al que le gusta dar charla, curiosamente en vivo casi que no pronuncia palabra; habla más con gestos. Te hace prestarle atención a detalles de las letras. Lo único que anuncia es un cambio al final del show con respecto a las presentaciones anteriores. Empiezan a sonar los acordes de “Seis Vírgenes Descalzas”, y mientras suena esa gran canción, si les digo que no extraño a ese Babasonicos les miento. Pero la gente crece y es ridículo pedirle a la banda que siga haciendo lo mismo. Más a gente como ellos. Sí, pasar de “Egocripta” a “¿Y qué?” o “Microdancing” es llamativo. Supongo que lo mismo la habrá pasado a un fan de Bowie que de “Ziggy Stardust” puede pasar a “Let’s Dance”.

Por lo pronto, cada tanto está bueno disfrutar de este formato de Babasonicos. Una banda muy inteligente que, más allá de gustos, todavía no ha ido por el camino de la obviedad. Su camino es único y no rinden exámenes con nadie.

azafatodegira.com

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