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Ingeniería sónica

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Lo he dicho anteriormente: hacer rock progresivo en pleno 2012 es una tarea un tanto complicada. Es una música muy relacionada a cierta época de la historia y eso hace que haya quedado como obsoleta. De todas maneras hay bandas que se las han arreglado para darle cierta vuelta de tuerca. Marillion, dentro de los históricos del género, han sabido como modernizar su composición. Dream Theater y Opeth tomaron el heavy metal como aliado para generar nuevas búsquedas. Anathema y Radiohead han aprovechado los avances tecnológicos a favor de su composición. Y mientras ellos son los que más éxitos cosechan a partir de esto, la persona más importante de la modernización del rock progresivo queda entre las sombras. Por supuesto, hablamos de Steven Wilson.

Después de años de trabajar con Porcupine Tree, su banda, Wilson decidió ponerla en espera un tiempo y dedicarse a su obra solista. Obviamente todos hubiesen preferido ver a Porcupine Tree, pero de última agradecen que haya venido, aunque sea de esta forma.

Desde el momento en que pisás el Teatro te bombardean con carteles que solicitan explícitamente no sacar fotos. De hecho la gente de seguridad, usualmente marcando a la gente que fuma, esta vez solo lo hace con la persona que osa sacar una cámara de fotos, aunque no sucede tanto. Se sabe que Wilson no es más que un enfermo del sonido, un científico loco; todo tiene que estar a la altura. ¿El resultado? Tal vez el mejor sonido que se haya escuchado alguna vez en el Teatro Flores. Ahí te das cuenta que no es una cuestión del lugar, es una cuestión de obsesión.

La otra particularidad es la puesta visual. La banda toca detrás de un telón que funciona como pantalla donde se proyectan películas. La sincronización entre música, climas e imagen es sencillamente asombrosa. Como Radiohead, como NIN, como Daft Punk, el inglés entendió a la perfección la comunión entre imagen y sonido sin que uno sobrepase al otro. Definitivamente Steven Wilson es el Trent Reznor del rock progresivo.

Tan obsesivo es que puede colgarse la guitarra o ir a los teclados tan solo para ejecutar una nota, si el siente que esa nota debe estar ahí. Tan obsesivo que aún con el dream team que tiene detrás, va y se pone al lado de cada músico para ver u oír si lo que está tocando es exactamente interpretado como él quiere. Casi como un profesor que te intimida y mete presión para ver si te la mandás. Y estamos hablando de gente como Marco Minnemann o Nick Beggs, que poseen un curriculum que los avala a hacer cualquier cosa.

La característica de su obra siempre fue la proliferación de la melodía antes que nada. Con su trabajo solista esto todavía existe, pero explota más el lado experimental y psicodélico. Debe ser el único tipo que puede tocar dos canciones de 25 minutos (sin exagerar) de las cuales una de ellas es estreno, y el público está extasiado. Ese auditorio es tan obsesivo como él, que odia las interrupciones; incluso algunos aplausos son silenciados. El mismo Wilson se encarga de fomentar eso diciendo “han sido un público muy respetuoso. Les pido absoluto silencio para el siguiente tema que es muy largo y empieza muy tranquilo” antes de “Raiders II”, y vaya si lo logra. Un tema donde el metrónomo está en su cabeza, contando los silencios y moviendo sus manos indicando el momento de entrada de los instrumentos cual director de orquesta.

Para el final, el público no lo iba a dejar ir así nomás. Sí, es tu gira solista, te respetamos, pero queremos otra cosa. Y así, él solo con sus guitarras, regala “Even Less” y “Trains”, de su querida banda. Canciones que en un mundo paralelo tal vez serían hits universales, porque al final de cuentas las canciones prevalecen.

azafatodegira.com

1 Comentario

  1. diego

    22 abril, 2012 en 00:00

    Gracias por comentar acerca del grosso de Steve! Casi sin publicidad cerca de 1000 locos lo vimos dar el mejor concierto que ví después del de Gabriel en el 88 con Amnesty.

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