RESEÑAS

La dimensión conocida

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Si bien en los festivales masivos estamos acostumbrados a las bandas de siempre con algún grupo dinosaurio para darle status, siempre hay una fecha colada con alguna buena gema. Podemos citar los casos de The Stooges, Radiohead, Kraftwerk, Nine Inch nails. Siempre hay una fechita para freaks, y esta era la fecha freak por excelencia. Casi 30 años pasaron desde sus primeros pasos por los sótanos, los ruidos y el fuego sobre el escenario. ¿Qué pasó en esos 30 años? Se convirtieron en una de esas bandas con el mote de Mejor show en vivo del mundo, algo bastante difícil de mantener.

Si bien todos sabíamos que un lugar como GEBA les iba a quedar enorme, se juntó una buena cantidad de gente. La esperada, en realidad, que desde temprano escuchó los shows de Volador G y Massacre. Los comandados por Wallas se están convirtiendo en los Auténticos Decadentes de cualquier evento donde haya una banda alternativa. Digo, porque tocan con todos, como los Orozco. Esta vez, echaron mano a un repertorio psicodélico, pero no tanto, con Wallas agradeciendo las visitas de Jane’s Addiction y los Flaming Lips. Un freak por naturaleza.

Realmente no podemos decir exactamente cuándo comienza un show de la banda. Wayne Coyne, Steve Drozd y los demás músicos se pasean por el escenario trabajando con los plomos, probando sus instrumentos, su utilería y también para recibir un poco de amor por parte del público. Así que básicamente calculo que Wayne va viendo cómo va quedando todo y de repente dice Bueno, salimos. Y salen nomás. Primero hace dos anuncios: advierte a la gente por lo intenso de las luces estroboscópicas y que se va a tirar al público con su pelota espacial y no quiere que nadie se lastime, pero que lo ayuden a llegar al fondo del campo.

El show en si arranca con una proyección sobre la pantalla semi circular de una mujer desnuda que en un momento se recuesta y la cámara se va acercando hacia su órgano sexual, que es iluminado por el cosmos y por donde salen los músicos. Viva el renacimiento. No la época.

En el medio, interpretan The Fear y Coyne cumple con lo prometido y se tira con su pelota mientras es guiado por todo el recinto como si fuera un Mesías lisérgico del siglo XXI. De ahí en más todo es posible; globos, confeti, osos que aparecen, muñecos que bailan, bailarines naranjas que le ponen onda. Y para ser honestos, el público está igual de limado que la banda. Hay un par de disfrazados entre la gente. Y se logra algo así como si los Supersónicos fueran a una fiesta con carnaval carioca (?).

Que The Flaming Lips haya podido llegar a un público amplio fue consecuencia de un proceso largo. Un proceso de pulir, aclarar y definir su sonido. Más o menos, el origen de eso es She don’t use jelly, viejo primer hit de la banda, y único por mucho tiempo. Una alegre oda hacia una chica que hace tostadas. Las canciones de los Lips son así: delirios cósmicos, pero también hablan de la vida y la muerte, el amor y la decepción. Todo es parte de ese universo de lógica y confusión a la vez.

La primera parte del show funciona a modo de introducción, con momentos más bien intensos, más en la vena del último disco, “Embryonic”. La segunda es la parte más cancionera y hitera, con la gente cantando Yoshimi y hasta haciendo rondas como en los conciertos hardcore con The yeah yeah yeah song. Uno pensaría: Bueno, campo vip, la mayoría está para figurar. La verdad que no, hicieron una excelente inversión ya que el show se disfruta plenamente entre la cercanía y el espacio que hay. Y los fans lo sabían y llenaron esa ubicación. Bien locos algunos.

La tercera parte es la más psicodélica y climática, donde nos ponemos serios, colgamos y hacemos temas de diez minutos. Flaming Lips funciona como una especie de Pink Floyd moderno, salvando las diferencias, claro está. Pero está esa influencia del show de estadio psicodélico de los 60 y 70. Podría decirse que el espectáculo de la banda es una combinación entre la seriedad de Pink Floyd y la diversión de Parliament/Funkadelic. Sin dudas son generadores de emociones; realmente te acercan a una especie de espíritu Woodstock. Pasa en muchos shows, pero es impactante ver la cara de felicidad de la gente, saltando con extraños; las parejas besándose. Ese poder sanador que tiene la música, de decir “sí, a partir de hoy voy a hacer las cosas de otra manera”. Y después eso nunca pasa, pero por lo menos por dos horas la magia está intacta.

El punto culmine llega con la frenética Race for the prize. El pogo más psicodélico del mundo. Y el cierre con Do You Realize?, una de las canciones más bellas de la última década; uno de esos himnos en una época donde la gente se ha olvidado de los himnos de estadio. La declaración definitiva sobre el amor, la vida y la muerte; un poco lo que sintetiza el espíritu de la banda.

Temprano en el calendario de shows, los Flaming Lips se anotan como candidatos a show del año. Ni siquiera ellos saben si podrán volver. Ojalá hayan podido disfrutar de esta figurita difícil.

azafatodegira.com

4 Comments

  1. Stan

    6 abril, 2011 en 00:00

    celente nota!

  2. Amigo Aguila

    6 abril, 2011 en 00:00

    Bati la posta Llano: fuiste de pepa? Gran viaje me comi con este texto. Qué pena que me lo perdi.

  3. Ezequiel

    6 abril, 2011 en 00:00

    El recital fue excelente. The Flaming Lips son de otro mundo. Pero fue lamentable ver cómo el público del campo VIP se sentaba en el piso y bostezaban! Mientras los que estabamos en campo común lo disfrutabamos a pleno. Realmente era indignante verlo a Wayne Coyne, con toda su energía y carisma, diciendo a cada rato Come on! para levantar a los muertos del VIP. Es una vergüenza que los organizadores del Quilmes Rock le den tanto espacio al VIP, privando a muchísima gente de disfrutar de cerca un show excelso como es el de los Flaming Lips.

  4. natación

    6 abril, 2011 en 00:00

    prefiero ir al circo de gonzalez catan escuchando 2 minutos.

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