RESEÑAS

Echando raíces

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Al frente y pegado al escenario de La Trastienda, pogo y mosh desenfrenado, como en los mejores (o peores, dependiendo de dónde se mire) sótanos punkies de trasnoche. Un poco más atrás, quinceañeras colorinches con las hormonas a flor de piel, cantando como si alguien les estuviera apretando las cuerdas vocales con la mano. Al fondo, padres treintañeros con sus hijos, de menos de una década de edad, a cuestas; chochos como en castillo inflable. Es casi impensable la existencia de un evento que se pueda dar el lujo de nuclear un público tan ecléctico que, por separado, bien se podría imaginar en un recital de Flema, Alejandro Sanz o Piñón Fijo. Este recital de Árbol es una de esas escasas y afortunadas excepciones.

Ya desde el tema inicial, “Jardín frenético” -del disco homónimo de 1997-, la banda de Haedo dejó en claro que la presentación de su último trabajo no era más que una excusa para revivir frutos de cosechas anteriores. Durante toda la velada las canciones se siguieron en un ping pong entre el ayer y el hoy, sin desentonar entre sí.

Luego de una protocolar seguidilla de temas del último disco, y sin hacer escalas en el tiempo, reapareció el primero con “Chajal”, “Cuatro cuervos”, “Juanas” y “Gente”, al hilo. La facilidad con la que el repertorio pasa de primera a quinta velocidad da cuenta de que Árbol, por debajo de su manto de inocencia, es una banda versátil, que dignifica jugando en cualquier posición de la cancha. Así, del universo adolescente de Revoloteando (aquella joya radial del pop para divertirse del 2007), uno puede encontrarse, a los pocos minutos, inmerso en el hardcore con cara de pocos amigos del ya mencionado “Gente”.

Si bien se evidenciaban algunos espacios vacíos dentro del siempre paquete reducto de San Telmo, el público supo hacerlos pasar desapercibidos. Es que, sin caer en el histrionismo, los Árbol contagian su genuina simpatía e invitan a saltar, bailar, mover la patita en el lugar o abrazar a la chica de turno según la ocasión lo amerite. Por su parte, y a pesar de una reciente operación, Pablo Romero, indiscutible líder de la banda luego de la partida de Edu Schmidt, desplegó su inoxidable carisma, ya sea tirándose o cediendo su micrófono al público. Y no sólo el público tuvo su turno a cargo de la voz: el guitarrista y tecladista Hernán Bruckner y el baterista Martín Millán hicieron lo propio en “El campo sin fin” y “Lloro”, respectivamente. Por otro lado, cabe destacar la actuación de Diego Velázquez, músico invitado que tomó la posta en el lugar vacante del violín a lo largo de toda la noche y, además, se encargó de la melódica en “El fantasma”.

Ya en los bises, la banda amagó un final con “Cosacuosa” para, finalmente, desembuchar una potente versión de “La vida”, aquel himno de más de una adolescencia de principios de siglo. Ahora sí: mientras algunos buscaban a sus acompañantes iniciales entre los escombros del pogo, los padres corrían cadáveres de cerveza de la barra para poder sentar y abrigar a sus retoños; entretanto, por qué no, quizá alguna primera cita concluía con éxito. Lo que sí había concluido, con seguridad, era el recital.

Al contemplar nuevamente la diversidad existente entre los asistentes, no sería descabellado pensar en promocionar los recitales de la banda como lo hace cierta famosa marca de aspirinas: así como, en su justa medida, la aspirina puede contra todo tipo de dolor; Árbol es una banda que, dentro de unos lógicos límites, se le anima a todo estilo musical que se le cruce en el camino, y abarca un amplio arco de demandas. Pero también es cierto que, así como uno no acude a la aspirina para curar el cáncer, puede que las canciones de la banda no terminen de llenar a aquellos que buscan más que historias simples y cotidianas, con la adolescencia y la nostalgia como eterna militancia. Puede que tampoco satisfagan a los fundamentalistas de los géneros. Sin embargo, es ahí donde radica su encanto: dada la simpleza, uno puede conectarse fácilmente con los climas tan dispares que las canciones de Árbol generan. Por otro lado, si su música bebe de todas las fuentes, no es más que para arraigar las raíces de su propia identidad, cada vez más profundas. Cada vez, por supuesto, más lejos de las etiquetas.

1 Comentario

  1. octavarium

    1 enero, 2001 en 00:00

    me hubiese gustado ir a verlos a obras pero no se dio. los fui a ver a La Plata y me rompieron la cabeza, son unos grosos…

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