RESEÑAS

Babasónicos y La Gran Manzana

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No son las ocho de la noche y ya veo cortes de pelo alternativos transitar por las calles de este atardecer neoyorquino. Me miran y me reconocen argentina, bajan sus miradas y siguen caminando, como si supieran dónde voy. A medida que me voy acercando a la dirección escrita en mi papelito, veo a un público bastante particular acumulado en la puerta que decide entrar de a poco y ordenadamente. Yo, por suerte, una vez más ingreso con mi pase mágico de El Acople, que prueba otra vez no sólo ser reconocido en Argentina sino también en Estados Unidos. Contenta, corto la línea y entro al venue. Al ingresar al Highline Ballroom, tengo a cada lado una barra de bebidas que por tener a U$S 8 el vaso de cerveza permanece vacía.

Para mi asombro, el público no era el obvio (sólo argentinos) sino que también hay colombianos, peruanos, mexicanos, ecuatorianos y yankees, en cantidades iguales de hombres y mujeres. Todos se muestran ansiosos por conocer o reconocer a Babasónicos. En total, serán alrededor de 300 personas que logran llenar cómodamente este recinto de New York, sito en el Meatpacking District, uno de los barrios emergentes más nuevos de la ciudad, visto como el nene cheto de la Gran Manzana.

El Highline Ballroom es mediano, bien iluminado, con lásers azules; posee una atmosfera fría y tranquila. Puedo ver la luz de una linternita que se pasea por todo el escenario. Por momentos, cuando las luces cambian, logro ver la cara de un plomo, que prepara todo con el máximo nivel de detalle.

El show comienza con los silbidos de la gente augurando la salida de Adrián Dárgelos. De repente, una persona pequeña con un traje setentoso muy pero muy ajustado, a rayas crema y peach, rompe el silencio llevándose toda la atención. No podemos dejar de mirarlo y él no deja de mirarnos. Empieza a cantar las primeras notas de “Cuello Rojo” y su cuerpo se come el escenario; sus movimientos sensuales enloquecen a las chicas de primera fila y más de una vez tiene que alejarse del borde del escenario porque las manos de ellas agarraban lo que podían, y estaba todo muy a mano.

El recital continúa con más hits de “Mucho”y “Mucho Más”: “El ídolo”, “Los demás” y “Como eran las cosas”. El público, enloquecido, grita todas las letras, como con orgullo, demostrando que el rock de Babasónicos llegó hasta New York. La mirada de Dárgelos se ve llena, satisfecha. “Los tengo en la palma de la mano”, dice, y nos da el micrófono, para que le rindamos tributo a ellos, que encontraron fieles seguidores en esas tierras tan lejanas.

Cuando llega el turno de canciones de otros discos, como “Seis vírgenes” o “Pendejo”, somos pocos los que sabemos las letras. Y es que el público está compuesto por nuevos seguidores; de esta parte, los temas más cantados son “Yegua” y “Carisma”.

Cada músico tiene un sector asignado. El único que se mueve de un lado al otro es Dárgelos, mientras Diego Rodríguez y Mariano Roger cubren cada uno un sector de cada costado del escenario. El cantante salta, posa para las cámaras, se arrastra por el piso, actúa. Mira a las chicas de primera fila y de una manera muy sensual deja ver su lengua, haciéndose el Gene Simmons. Asimismo, no pierde su entonación ni una vez, a pesar que no deje de moverse por un momento. Rodríguez, por su parte, interpreta “Microdancing” mientras Dárgelos hace equilibrismo por la barra en donde hay gente comiendo mientras disfruta el show.

Pasan temas como “Y qué” y “Rabioso” y hasta el último de la noche,“Sin mi diablo”, festejamos bailando cada acorde, sabiendo que posiblemente falta un buen tiempo para que Babasónicos vuelva a deleitarnos por estas tierras lejanas.

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