RESEÑAS

Y dónde está el piloto

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Una y otra vez se recuerda que “Vengo del placard de otro”, el último disco de Divididos, salió en 2002. Y es que ya pasó demasiado tiempo. En aquel entonces, en la presentación del álbum en Obras, el trío optó por un peculiar plan: hizo una primera hora de canciones de otrora, luego tocó todo “Vengo del placard de otro” de corrido, incluso siguiendo el orden de temas del disco, y finalmente hizo otra hora de su siempre clásico repertorio.

Un par de semanas después, Gabriel, un fanático de la banda, se cruzó a Diego Arnedo por la calle; luego del saludo con emoción, conversaron un rato; el bajista le preguntó qué le había parecido la presentación del álbum y, sincero, Gabriel le contestó que no le gustó la idea, que tiró para abajo al recital.

Con el correr del tiempo, Divididos fue dejando de lado los temas de “Vengo del placard de otro” en sus conciertos y, así, éstos siguieron mayormente el camino de antes al no contar con piezas que los renovaran. Las suficientemente escuchadas “Ala delta”, “El 38”, “¿Qué tal?”, “Azulejo”, “Voodoo Chile”, “Cielito lindo”, por ejemplo, hicieron que el conjunto fuera tildado de usar piloto automático en sus recitales.

Sin embargo, el sábado, en El Teatro Flores, el trío se amigó con “Vengo del placard de otro” desde el comienzo mismo de su presentación, cuando apenas habían pasado pocos minutos de las nueve de la noche y saludaron con “Cajita musical”. Más aún, posteriormente, también mostraron de ese álbum “Ay, qué Dios boludo”, “Brillo triste de un canchero”, “Pepe Lui” y “Despiértate nena”. A este último tema, cover de Luis Alberto Spinetta, le correspondió sin dudas el calificativo de brillante; tal vez, el solo que hizo Ricardo Mollo en él haya sido el más aplaudido de la noche.

Precisamente, “Pepe Lui” abrió el segmento acústico que contó con el también ya mencionado “Brillo triste de un canchero” y alguna que otra queja: atrás, tomando cerveza, un par de grandotes protestaron por estos momentos de canciones dulces, tristes, sensibles. “¿Te acordás cuando nos íbamos todos transpirados de tanto pogo?”, preguntaba uno. “¡Parece Calamaro esto!”, se burlaba otro. “Ahora falta que suba Cerati nada más”, acotaba el amigo. Pero en ese mismo instante en el que arrancó “Spaghetti del rock”, uno se confesó: “Este me cabe, che”. Y el otro se le sumó: “Y… es un temazo”. De inmediato, los dos cantaron juntos y se olvidaron, por un instante y sin vergüenza, de su abrupto cambio de opinión.

Hubo tiempo también para enseñar algunas cosas del esperado próximo álbum, que saldría en agosto y contendría doce piezas: “Hombres en U” y “Buscando un ángel”, por ejemplo.

Después de escuchar “Par mil”, “Cabeza de maceta”, “Salir a comprar”, “La ñapi de mamá”, un cuarteto de flamantes creaciones, y cuando seguramente sólo quedaba media hora de música, el público, animal de costumbre, se preguntaba cuándo haría su aparición el mentado piloto automático; entonces, Mollo amagó con “Paisano de Hurlingham” pero avisó “este también lo vamos a hacer, ¿viste?” y dio paso a una de las mejores canciones de la banda, “El fantasio”, de uno de los mejores discos del grupo, “Gol de mujer”.

Finalmente, sí, el esta vez festejado piloto automático: “Paisano de Hurlingham”, “Ala delta”, “El 38” y el por fortuna regresado “Sumazo”, con “El ojo blindado”, “Estallando desde el océano”, “No duermas más” y “Mejor no hablar de ciertas cosas”, que despertó aplausos hasta en aquellos fríos, duros que no acostumbran a hacerlo. Y es que para no retribuir con al menos un par de palmas lo de Divididos el sábado había que ser frío y duro, pero como uno que está en el más allá.

Redacción ElAcople.com

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