RESEÑAS

Elegante sport

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Quizás haya un imaginario que, más o menos, es denominador común de todo lo que se supone rockero. Quizás también sea absurdo sectorizar al rock, algo propio de mentes dominadas por los prejuicios o “cerebros cojijos”, como diría, no sin violencia, el locuaz Ricardo Iorio.

A decir verdad, ningún ser humano está libre de convencionalismos; Ned Flanders no existe, nadie mea agua bendita. Y a decir verdad, no escapa a lo natural, no horroriza a nadie lo que dijo un rockerito que pasó el sábado a las once, once y media por la puerta de La Trastienda, y se quedó viendo qué onda, analizando las parejas de treintañeros de clase media alta que esperaban por entrar, haya dicho: “bah, son todos unos caretas, esto es menos rockero que el hermano de Susana Gimenez”, antes de tomar un trago de su cerveza tibia, comprada a un precio más bajo de lo que la cobran en el bolichito de Jorge Telerman.

El rockerito se equivocaba, porque a pesar de sus ideas, el que vio es público de una banda de rock. Una banda de rock que, al igual que muchísimas otras, no está dentro del canon del rock nacional más popular de nuestros días. ¿Quiénes?

Dependiendo de la canción de la lista, eran diez o nueve (contando a los cinco fijos, colaboradores permanentes e invitados) arriba de un escenario no tan grande. Además de los instrumentos de siempre,había violín, viola, trompeta, saxo, acordeón y sintetizadores, algunos de esos ejecutados por un par de nombres ilustres como Sebastián Schachtel, Alejandro Terán, Christian Basso o Axel Krigier.

También tenían un frontman alto, flaco, de nariz prominente, que toca la guitarra -eléctrica o acústica- y canta muy bien. A veces se la descuelga y baila. Se llama Diego Frenkel y cada tanto le recordaba a la audiencia que, hace mucho, antes de tocar en esta banda, tenía una que se llamaba Clap.

Pero los bienes más importantes con lo que cuentan son un puñado de canciones redondas, escritas y tocadas con buen gusto, a tono con los vinitos “Don loquesea”, que en San Telmo se venden más que el Clarín de los domingos.

Por empezar, el comienzo, con “Camino hacia el mañana”, “Camello”, junto a una tanda de temas radiables, de esos que todos conocen el estribillo, pero quizás no el título: “Nada es igual”, “10.000 kilómetros”, “Baby” y “Hoy no le temo a la muerte”. Con alguno de estos, muchos se pararon para bailar, al igual que con hits como “El bar de la Calle Rodney” y “Selva”, que esos sí que no podés no conocerlos.

Cada tanto, bajaban un cambio para ocuparse más de cómo y no del qué tocar para recorrer páginas menos populares. Ahí están “Los mejores amigos”, “En el río”, “Mira las nubes”, “Chiquitita pegó”, perlas escondidas de su cancionero.

En el final, retomaron la senda tarareable con “Llévame a lo hondo” y “Devorador de corazones”. Una despedida con toda la crew reunida en el borde de las tablas fue lo último que se vio antes de que el telón se corriera y dejara a la vista el nombre de la banda, que se llama La Portuaria, tocan hace más de dos décadas, hace poco sacaron La vaca atada y, ¿sabés qué? Tienen mucha onda en vivo. Andá a verlos un día de estos.

4 Comments

  1. armando

    12 mayo, 2009 en 00:00

    muy buena la nota. aca estuvieron hace poco y tocaron grats en una plaza, estaban ellos solos

  2. _Cristian_

    12 mayo, 2009 en 00:00

    y vos que los viste tambien estabas !!

  3. Bela Lugosi

    12 mayo, 2009 en 00:00

    (hablando de Flanders) Mod, creo que odio a Frenkel y al tecladista de Las Pel

  4. Amigo Aguila

    11 mayo, 2009 en 00:00

    El otro dia me baje Devorador de corazones, que discazo! Y tambien recuerdo el show en Obras con De la guarda. Larga vida a La Portuaria

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