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Paul, Gene y dos tipos más

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Hay que caminar y caminar y caminar hasta escuchar desde afuera el murmullo de alguna banda, trepando por los anillos del Monumental y haciéndose volátil en el aire, compartido con el viento y los aviones. Mientras tanto, en la cabeza, preguntas: ¿Existen fanáticos de estos que tocan hoy? ¿Hay minas a las que le guste esa banda? Avenida del Libertador lucía rebosante de puestos con merchandising (remeras, cinturones, calcos, llaveros, ceniceros) y gente (grandes, chicos, minas, familias) con las caras maquilladas al estilo Kiss. Afirmativo, dice un poli.

Nada se puede agregar a lo que ya se haya dicho sobre Massacre en este último año. La banda más sobreexpuesta de la actualidad volvió a presentarse en otro festival. Está bien, su música merece estar en oídos de muchos.

A continuación, dos bandas que otrora acostumbraban a ser cabeza de cartel, hoy se encuentran tocando a la luz del sol vespertino: Molotov -años sin pegar un hit, entre falsos anuncios de separación y álbumes discretos- y Las Pelotas, debilitados desde la partida (y posterior deceso) de Alejandro Sokol. Los segundos no la pasaron bien; Germán Daffunchio se la agarró con los Kiss, porque estos les prohibieron utilizar las pantallas que estaban instaladas en el fondo del escenario. Divismo entre rockeros que no sorprende a esta altura. El público, como siempre, tiene la última palabra y a Daffunchio lo putearon hasta el final de su set, que contó con momentos como La mirada del amo, Si supieras, Escaleras y dos temas nuevos.

Los Ratones Paranoicos tienen incontables canciones para prender fuego a una audiencia entera. De eso se trató la hora y pico que estuvieron frente a los que se fueron acercando al estadio, aunque a decir verdad, el público se mostró un tanto apático al principio. Hubo algún que otro foco poguístico, pero nada más. Sin embargo, el entusiasmo de la banda nunca bajó (ni siquiera ante la adversidad de contar con un sonido pobre, una constante que se repitió en todos los shows nacionales del festival cervecero) y Juanse, cada día más parecido al Lou Reed de Transformer, se despachó con un buen puñado de clásicos: Rock del pedazo, La nave, Ya morí, Sucia estrella, Ceremonia en el hall, Sucio gas, Rock del gato. La actitud tuvo recompensa y se fueron ovacionados.

De repente, el viento comenzó a soplar con insistencia. La temperatura bajó y la gente se acurrucaba lo más cerca posible del escenario, lo que dejaba en evidencia enormes huecos en lo que comúnmente se denomina campo. Arriba de las tablas, los stages iban y venían, acomodaban parrillas de luces, afinaban instrumentos, probaban micrófonos y, de repente, una tela negra, con el logo de la banda en plateado, tapó todo. No faltaba nada.

Ver a los Kiss en acción es como ir a ver al teatro a los Power Rangers: música que se pretende rockera, luces de neón, trajes, gritos, fuegos de artificio, maquillaje y movimientos de superhéroes. Arrancaron con Deucey tras él, comenzaría el show de Paul Stanley, quien entre tema y tema balbuceó algunas palabras en español, lo que arengaría al público dominguero.

Con tanta pirotecnia, la música estaba relegada a un segundo o tercer plano. Las única variación era more heavier?, tal como preguntaba Gene Simmons, el mismo que en declaraciones recientes a cierta revista rockera dijo no estar excitado con la pronta salida de un nuevo trabajo discográfico: Kiss tiene miles de productos diferentes para todos los gustos; un disco es sólo un producto más. Y bueno, si el mismo bajista dice, palabras más o menos, que la música que hacen es sólo un producto más, entonces mejor acomodarse a la butaca, prender lo que cada uno quiera y hacerse el sorprendido cuando Stanleyvuele por sobre su público, desde el escenario hasta el mangrullo en donde estaba instalada la consola de sonido. ¿Otras opciones? Los grandilocuentes solos de guitarra y batería que, respectivamente, ejecutan Tommy Thayer y Eric Singer. También el viejo truco del vómito de sangre sobre la lengua larga de Simmons, antes de Lick it up. Y las bombas de colores y papelitos blancos por el aire, segundos antes de Rock & roll all nite, uno de esos temas que no se puede creer cómo es que todo el mundo cante y agite como si fuera la octava maravilla. En esos pocos instantes radica la quintaescencia de esta marca gigante.

I was made for lovin’ you, Love gun y Detroit Rock City fueron el último bis. Acto seguido, dos o tres minutos de (más… sí, ¡más!) fuegos artificiales rubricaron la cuarta (¿y última?) incursión de Kiss en Argentina. Aquellos fanáticos, que realmente existen, se fueron contentísimos.

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