DISCOS

¡No grités!

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Una melodía breve de fanfarria preludia “Part of me” y tras esto se van al demonio todas las suposiciones que uno puede llegar a tener sobre un disco de Chris Cornell. Es que este rockero de ley sorprende con un disco de pop electrónico, casi bailable, para que suene en cualquiera de esas radios modernas; no tiene temas para levantar un encendedor en llamas, pero sí da pie a alzar un celular y moverlo de aquí para allá, como si el brazo fuera un limpiaparabrisas.

Cornell anuncia desde la tapa que su guitarra no va más, al menos por ahora. Y “Scream” parece ser, causalmente, eso que insinúa su título: un grito que estuvo reprimido, un grito que ahora sale porque sí, porque tuvo ganas.

Para que suene más fuerte, convocó como compositor y productor a Timbaland, un rapero fetiche que está de moda entre las estrellas pop de allá. En su vasto currículum figura, por ejemplo, Justin Timberlake, que -¡horror!- canta en “Take me alive”,una de las catorce piezas de este disco.

Entonces, en ocasiones, la voz del ex líder de Soundgarden y Audioslave se amalgama bien con las capas y capas de agradable música para la pista. De a ratos, en cambio, se parece al peor Tom Jones y patina sobre su propia grasa. Al llegar a canciones como “Ground Zero” o “Sweet revenge”, el dedo va solito al botón NEXT.

A modo de track oculto, y como si le diera vergüenza de mezclarlo con todo lo anterior, llega “Two drink minimum”, un blues descomunal: un Cornell auténtico, con la garganta a la altura de una agradable guitarra y una armónica al taco. Saca el mal sabor y deja pensando en qué hubiera sido si…

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