RESEÑAS

Música para pastillas

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Sombreros clownescos, globos de todos los colores, guirnaldas, silbatos, alguna que otra lentejuela pegada por ahí; los elementos de cotillón florecían en cada esquina del Estadio Malvinas Argentinas. Y es que era viernes por la noche y Las Pastillas del Abuelo se disponían a presentar su nuevo trabajo discográfico, “Crisis”, a puro pito y matraca.

“Peldaño por peldaño voy, hacia la cima” canta Juan “Piti” Fernández en uno de los temas más festejados de la noche. Sin embargo, la banda pareciera haber realizado algunos saltos cuantitativos en su –aunque no parezca, corta– carrera. Es al menos curioso no haberlos visto pasar por escenarios como los del Marquee u Obras antes de su llegada al Luna Park, o al mismísimo Argentinos. Así y todo, demuestran un admirable manejo del show, afirmando esa manifestación tribunera que corea: “Si esta no es la fiesta, ¿la fiesta dónde está?” .

Luego del comienzo del recital, pasadas las 21.00, con el clásico “Cerveza”, el predio ya es un mar de colores, gracias a la cantidad de globos que condimentan el aire con las más variadas tonalidades de látex. “Vamo’ a festejar, ¡eh!” arenga el cantante al público que, por momentos, pareciera estar gritando más que cantando las canciones.

Como es costumbre, los temas recorren, a base de rock, varios estilos musicales. De la chacarera al reggae y del candombe al funk, sin olvidar esas pegadizas melodías (como en “Viejo” o “Skalipso”) que obligan a los hombres a prestar sus espaldas a toda muchachita deseosa de recibir alguna mirada o guiño del Piti. Entonces, para seguir aumentando la apertura de ese abanico musical, suena el primer estreno de la noche, “¿Hacia dónde voy?”, una mezcla de blues murgueado –si se permite dicha mezcla– para el cual presta su voz Bárbara Silva, cantante de Mamá Chabela.

Mientras no le toca hacer sonar su teclado, Alejandro Mondelo despliega cada una de las banderas que llueven sobre el escenario. Intercambia sonrisas y comentarios (mímica mediante, claro) con el público, y hasta pareciera ruborizarse cuando una chica le grita algún piropo, que esta cronista no llega a escuchar con claridad.

Para “Candombe feco” sube al escenario el uruguayo Alejandro Balbis con una de sus agrupaciones murgueras; aunque en un principio se nota algún problema con la ecualización del sonido, el potente coro le proporciona una calidez extra a la canción, y una inclinación bien rioplatense, de esas que tanto gustan a los pibes del abuelo.

Tal vez por el vertiginoso ascenso que les vetó la posibilidad de hacer una adaptación paulatina a la masividad que adquirieron en los últimos años, o tal vez simplemente por el espíritu barrial que maneja cotidianamente el grupo; lo cierto es que el cantante agradece continuamente “el aguante, como incrédulo aún a semejante respuesta y convocatoria de público.

Sólo basta el grito de “¡Fiesta!” en medio de cualquier tema, para que los globos vuelvan a volar por el aire y el sólido cemento se disponga a imitar una suerte de arenas movedizas de las que nadie quiere escapar.

Hasta que el clima se aquieta y de manera casi acústica suena “Desde la postura”, letra denunciante que expresa: “Mundo loco si los hay, ni los del Borda hacen las cosas que hace más de un cura”. Oportuna frase cuando acaba de comenzar el juicio al Padre Grassi por abuso de menores.

Más de dos horas y media de recital y la interpretación de “Otra vuelta de tuerca” indican la cercanía del final del show. Sin amagues ni falsas salidas, se despiden con “Cowboy”, saludan al público y, antes de que éste pueda reclamar un bis, hacen sonar “Hey Jude” acompañando el encendido de las luces.

Las guirnaldas yacen en el suelo pisoteadas, los globos en su mayoría están pinchados y las galeras no descansan más en las cabezas ahora transpiradas de sus dueños. La resaca pastillera se empieza a sentir. Pero es viernes, la noche invita a seguir la fiesta en algún otro punto de la ciudad y, después de semejante festín, los pibes tienen esa energía extra, para hacer lo que quieran, que les proveen las pastillas. Las pastillas del abuelo, claro.

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