Imaginate que vivís en la India, en una villa miseria
de ese país tan poblado de gente, tan violento, tan espantoso, tan... perdón,
me comí el discurso de la globalización, no quise arrasar con la cultura propia
de la región. Es que hay directores de cine que son tan frívolos, que juegan
mucho con el golpe bajo, la miseria. Depende como lo mires, Danny Boyle -a quién le recrimino haber
incluido una escena de la muerte de un bebé en la casi perfecta “Trainspotting”-, puede ser de estos.
De hecho, la prensa de aquel país la calificó como “Pornografía de la pobreza para el deleite de los occidentales”,
según me enteré googleando.
A veces es mejor ni pensar y entregarse por completo a
una historia bien narrada gracias a un guión excelentemente escrito; a una
impactante fotografía y a la musicalización, que da cuenta de que la música
hindú no tiene que ver solamente con instrumentos deformes que nos hicieron
conocer los Beatles.
Las acciones de Jamal,
el protagonista, están plagadas de recursos como el flashback, el flashforward,
alucinaciones y conjeturas. Es por eso que es confuso o, mejor dicho,
innecesario, buscarle un tronco psicológico a esta película. Puede ser la idea
de salvarse de la pobreza; puede ser el amor de Latika; también la búsqueda de dignidad o la moraleja de ser culto
por ser callejero, sin formación académica...
El eje físico, en cambio, es bien reconocible: la
versión india del popular programa ¿Quién quiere ser millonario?
Luego, el director le pone play a su película y termina de la manera más
esperada para quién venía viendo los ochenta o noventa minutos anteriores. Al
que le gusten los finales felices, que levante la mano. Para eso, tienen una
sorpresa en los créditos.